Trump recibe su propia medicina: las urnas le ponen un alto
Parece que finalmente alguien encontró la manera de decirle a Donald Trump que no es el dueño del mundo. Y no fueron los presidentes a […]
Parece que finalmente alguien encontró la manera de decirle a Donald Trump que no es el dueño del mundo. Y no fueron los presidentes a los que ha amenazado, ni los países a los que ha querido imponer condiciones, ni siquiera sus adversarios políticos de siempre. Fueron los propios ciudadanos estadounidenses, que este 3 de noviembre acudieron a las urnas para recordarle que la Casa Blanca no es un trono y que gobernar una nación no significa tener permiso para hacer absolutamente todo lo que se le ocurra.
Las elecciones intermedias de Estados Unidos terminaron convirtiéndose en un fuerte revés para el Partido Republicano. Los demócratas consiguieron recuperar el control de la Cámara de Representantes y del Senado, además de obtener importantes victorias en gobiernos estatales y legislaturas locales. Una auténtica sacudida política para Trump, quien ahora tendrá que acostumbrarse a compartir el poder con una oposición que tendrá herramientas para frenar buena parte de su agenda.
Y vaya que lo necesitaba.
Durante meses, el presidente estadounidense ha gobernado con una retórica de confrontación que parece no tener fronteras. Aranceles para unos, amenazas para otros, advertencias militares y declaraciones que mantienen a buena parte del mundo pendiente de cuál será el siguiente país que aparezca en su lista de asuntos pendientes.
Porque si algo caracteriza a Trump es su particular manera de entender las relaciones internacionales: pareciera que todos los países tienen que pedirle permiso antes de tomar cualquier decisión.
Pero resulta que la democracia estadounidense todavía tiene una pequeña complicación para sus planes: los ciudadanos también votan.
Y esta vez votaron de una manera que difícilmente pasará inadvertida.
Uno de los resultados más simbólicos ocurrió en Texas, donde los demócratas consiguieron victorias históricas. James Talarico ganó un escaño en el Senado federal frente al republicano Ken Paxton, convirtiéndose en el primer demócrata de Texas en llegar a esa cámara desde 1988. También hubo importantes triunfos demócratas en distritos que los republicanos habían rediseñado precisamente para intentar conservar su ventaja electoral. Al parecer, ni siquiera acomodar el tablero fue suficiente para garantizar el resultado esperado.
California también registró avances demócratas en distritos legislativos, aunque ahí el partido ya mantiene una posición dominante. El resultado nacional, sin embargo, fue mucho más contundente: los republicanos perdieron el control de ambas cámaras del Congreso.
Y mientras Trump tendrá que reorganizar sus piezas en Washington, Georgia protagonizó uno de los acontecimientos más importantes de esta jornada electoral.
Keisha Lance Bottoms ganó la gubernatura y se convirtió en la primera mujer y la primera mujer afroamericana elegida para gobernar un estado en la historia de Estados Unidos. Además, su triunfo devolvió a los demócratas el control de Georgia después de más de dos décadas de gobiernos republicanos. Un resultado que no solamente representa un cambio político, sino también un avance histórico en la representación de las mujeres afroamericanas en los espacios de mayor responsabilidad pública.
Pero hay otro elemento que merece especial atención: el voto hispano.
Durante las elecciones de 2024, Trump consiguió ampliar el respaldo republicano entre los votantes latinos. Sin embargo, las políticas migratorias de su administración, las deportaciones y las preocupaciones económicas han generado inconformidad entre sectores de esta población.
Y eso ya comienza a tener consecuencias políticas.
Incluso dentro del propio Partido Republicano hay voces que han pedido revisar el rumbo. La congresista María Elvira Salazar, quien consiguió reelegirse en Florida por un margen muy estrecho, ha insistido en que su partido debe recuperar la confianza de los hispanos y reconsiderar algunas de sus políticas migratorias. Su mensaje es bastante claro: no se puede pedir el voto de una comunidad y después ignorar sus preocupaciones.
Vaya descubrimiento para algunos políticos: resulta que los ciudadanos no solamente sirven para llenar mítines y aparecer en las fotografías de campaña.
Y mientras tanto, ¿qué significa todo esto para México?
Mucho más de lo que algunos podrían imaginar.
La nueva composición del Congreso estadounidense tendrá consecuencias en las negociaciones comerciales, la revisión del T-MEC, la política migratoria y la cooperación en materia de seguridad. Para México, tener un Congreso dividido políticamente frente a la Casa Blanca puede representar un escenario distinto al que Trump había tenido durante los primeros meses de su mandato.
No significa que las amenazas vayan a desaparecer ni que los demócratas vayan a convertirse automáticamente en aliados de México. Pero sí significa que habrá más contrapesos y que algunas de las decisiones presidenciales tendrán que enfrentar una discusión legislativa mucho más complicada.
Y aquí viene otro detalle interesante.
Antes de las elecciones, Trump había condicionado su aceptación de los resultados a que fueran, según sus propias palabras, “honestos”. Una declaración que inevitablemente recordó sus anteriores cuestionamientos a los procesos electorales estadounidenses. Sin embargo, cuando comenzaron a confirmarse los triunfos demócratas, el mandatario aseguró al The New York Times que estaba dispuesto a aceptar los resultados y trabajar con la oposición.
Al parecer, cuando las urnas hablan, hasta los discursos más estridentes tienen que bajar el volumen.
Por supuesto, Trump todavía conserva facultades presidenciales importantes, incluido el veto, y los demócratas no tendrán libertad absoluta para imponer toda su agenda. Pero ahora tendrá que negociar, escuchar y enfrentar investigaciones que la nueva mayoría legislativa podría impulsar.
Y quizá esa sea la lección más importante de esta elección.
Ningún presidente, por poderoso que se crea, está por encima de las instituciones ni del voto ciudadano. Las amenazas pueden generar titulares, los aranceles pueden presionar economías y los discursos pueden llenar auditorios, pero al final existe un mecanismo que sigue teniendo la última palabra: las urnas.
Trump llegó a la presidencia con la promesa de hacer grande nuevamente a Estados Unidos. Ahora tendrá que explicar por qué una parte importante de sus propios ciudadanos decidió darle más espacio a quienes quieren poner límites a su gobierno.
Y mientras tanto, en México conviene observar con atención lo que está sucediendo al otro lado de la frontera.
Porque si Trump ya no tiene el mismo respaldo legislativo, ¿cambiará su manera de negociar con nuestro país? ¿Seguirán las amenazas arancelarias y migratorias como instrumento de presión? ¿O finalmente entenderá que las relaciones entre naciones no funcionan como una negociación en la que solamente una persona puede imponer las condiciones?
El mensaje de los estadounidenses parece bastante claro: la presidencia no es una monarquía y el Congreso no es una oficina de trámites personales.
Y si algo quedó demostrado este 3 de noviembre es que, incluso para quien se siente dueño del tablero, siempre existe la posibilidad de que los ciudadanos le cambien todas las piezas.
Porque Trump podrá tener la Casa Blanca, pero esta vez no tiene la última palabra.

