¿Cuál es el cargo más importante?


Por Arturo Maximiliano García el 21/04/2020
 ¿Cuál es el cargo más importante?

Decía un entrenador de futbol: «denle el balón al que sabe».

Hace un par de décadas una persona con interés en incursionar en la política, pero marcadamente más en vivir en el poder y del erario, me preguntó cuál era la posición más importante en el organigrama de la presidencia municipal, entendiendo que lo que buscaba era pedir el puesto de mayor influencia en la administración. Le contesté: depende del jefe.

Quizá mi respuesta no fue lo esperaba, necesitaba que le dijera un cargo concreto: el secretario del ayuntamiento, el particular, el de Finanzas o cualquier otro, para ahí apuntar sus baterías. Pero si hoy me lo preguntaran otra vez, sostendría mi respuesta.

Durante muchos años he podido observar que en la política los cargos importan obviamente por sus facultades legales, pero a veces más por las que se les dan de facto, así como por la confianza personal para compartir información y, sobre todo, para encargar soluciones en los momentos complejos o en las tareas determinantes para una administración, ya sea municipal, local o federal.

De acuerdo con las leyes y el reglamento, podríamos apuntar en primera instancia a puestos como los secretarios del ayuntamiento, Gobierno o Gobernación, pensando en los tres órdenes de gobierno, pero no necesariamente han sido los más influyentes. He visto presidentes municipales que usan la Secretaría de Gobierno para poner a los que de plano les estorban, gobernadores que descansan su confianza y guía en los temas de estado en su secretario de Turismo o su coordinador de comunicación social, por mencionar algunos ejemplos.

En el caso de los presidentes de la República podemos recordar a Carlos Salinas y su poderoso jefe de oficina José Córdoba Montoya; a Ernesto Zedillo y la influencia que ejerció su particular, un hombre sin duda brillante como Liébano Sáenz; a Vicente Fox, que gobernó con Martha Sahagún; a Felipe Calderón y Juan Camilo Mouriño, que desde cualquier posición, jefe de oficina o en Gobernación, fue su mano derecha y ejerció un poder total en varias secretarías; o a Enrique Peña Nieto y su alter ego Luis Videgaray, aún en el año que dejó de ocupar cargo alguno en el gobierno.

Bajo esta lógica, el actual gobierno federal tiene funcionarios que se empiezan a perder, o nunca han podido o no los han dejado, asomar la cabeza, mientras que otros se consolidan, como la figura de Marcelo Ebrard, que suple grandes ausencias de quienes sin un bagaje o experiencia en gobernar quedan rebasados por la realidad, por la dinámica de administrar y sus crisis. Sin duda hay quienes brillan con luz propia, tampoco abundan, pero la historia de Ebrard al lado del presidente tiene un elemento adicional, lealtad probada. 

Quien hoy ocupa el cargo de Canciller cuenta con una trayectoria difícil de encontrar, no solo en la 4T, sino en el resto de la actual clase política mexicana. Políglota, dirigente partidista, legislador, secretario de Gobierno, de Seguridad y de Desarrollo Social en la capital de la República, donde luego fue jefe de gobierno el sexenio completo, subsecretario federal hace algunos sexenios y hoy secretario. La carrera de Marcelo Ebrard se construyó de la mano de uno de los ideólogos y generadores de políticas públicas más destacados en los últimos tiempos en el país, don Manuel Camacho Solís, zoon politikón y hombre de Estado, que dejó huella y grupo, político versátil y constructor de acuerdos.

Decía un entrenador de futbol: «denle el balón al que sabe». En los momentos que se viven no se requiere un todólogo, sino un experto en temas públicos que pueda fungir como coordinador de gabinete en momentos de crisis. Parece que esa es la función que le pasaron a Ebrard y que le puede generar medallas, pero sin duda es una enorme responsabilidad sobre sus espaldas. Por lo pronto pareciera que el consenso es que el balón está en los pies adecuados.

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