Innovar y patentar o maquilar: la decisión que México ya no puede posponer

La columna plantea que México necesita convertir una mayor parte de su innovación en activos tecnológicos protegidos y negociables para fortalecer su posición en Norteamérica. El reto, señala, no es solo aumentar las patentes, sino integrar la propiedad intelectual a las estrategias de negocio, emprendimiento y desarrollo tecnológico.
Hoy en día, el T-MEC se encuentra en revisión permanente. Estados Unidos decidió no prorrogarlo en la primera revisión conjunta y, en lugar de un horizonte de 16 años, México tendrá que ganarse su lugar en Norteamérica año con año. La conversación pública se concentra en aranceles y reglas de origen. Para esto propongo identificar una nueva lectura: cada revisión será, en el fondo, un examen de cuánto valor tecnológico somos capaces de generar —y de proteger— dentro de nuestras fronteras.
Las cifras invitan a un optimismo prudente. En 2025 el IMPI concedió cerca de mil patentes a inventores mexicanos, la cifra más alta en tres décadas. Pero ese mismo año otorgó 14,828 títulos de invención: más de nueve de cada diez siguen teniendo titular extranjero. Con una inversión en investigación y desarrollo cercana a 0.3 % del PIB, el récord es un buen punto de partida, pero no una meta alcanzada.
Tras una década asesorando empresas en propiedad intelectual, y hoy acompañando emprendedores a visualizar estrategias para proteger diferentes elementos en sus emprendimientos, he visto repetirse un patrón: muchas organizaciones inician procesos de innovación —lanzan productos, mejoran procesos, abren áreas de I+D—, pero esa actividad rara vez se convierte en activos protegidos, licenciables o negociables. Es un desacoplamiento entre lo que se hace y lo que se captura. La empresa que innova sin proteger financia, sin saberlo, la ventaja de sus competidores; la startup sin estrategia de propiedad intelectual llega a su ronda de inversión con menos de lo que realmente tiene. Y no ocurre solo en las startups: en las grandes empresas, los programas de intraemprendimiento generan prototipos, mejoras y nuevas líneas de negocio que, sin reglas claras de titularidad y protección, se quedan sin dueño o se van con quien las creó.
Sumar más examinadores de propiedad intelectual y acortar los tiempos de concesión claramente es necesario, pero atiende la oferta del sistema. El cuello de botella está en la demanda: emprendedores, intraemprendedores, pymes y universidades que ven la patente como un trámite final y costoso, no como parte del modelo de negocio.
Además, proteger no significa patentarlo todo. Una estrategia madura combina patentes, modelos de utilidad, diseños industriales, marcas, secretos industriales y derechos de autor sobre software, y decide qué revelar, qué resguardar y qué licenciar. Es una decisión de negocio, no solo jurídica, que debe tomarse desde el primer prototipo.
Tres acciones podrían cambiarlo. Primero, enseñar gestión de la propiedad intelectual en todo programa de emprendimiento, no solo en ingeniería o derecho, y usar la información de patentes como vigilancia tecnológica. Segundo, que las universidades midan su impacto también por las tecnologías que transfieren y licencian, e incentiven a sus investigadores a emprender a partir de ellas. Tercero, acompañar a los proveedores mexicanos de las cadenas norteamericanas para que pasen de ensamblar componentes a co-diseñarlos, y a proteger ese codiseño.
El nearshoring nos trajo fábricas; la siguiente revisión del tratado dependerá de si ahora somos capaces de poner sobre la mesa desarrollos tecnológicos con nombre mexicano. Ese será nuestro verdadero poder de negociación.
Dr. Jaime Guillermo Arau Ruiz profesor-investigador y director Asociado del Departamento de Emprendimiento Escuela de Negocios, Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro
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