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Guadalajara: cuatro décadas bajo la sombra de la violencia

Por Staff Códice Informativo - 27/02/2026

Lejos de significar un cierre automático del ciclo violento, la caída de un capo suele inaugurar una etapa de reacomodos y para muestra hay varios sucesos violentos en Guadalajara que han tenido lugar desde 1985

 Guadalajara: cuatro décadas bajo la sombra de la violencia

Guadalajara fue durante buena parte del siglo XX sinónimo de estabilidad regional, empuje empresarial y fuerte identidad social. Sin embargo, debajo de esa imagen tradicional comenzó a gestarse una historia paralela ligada al narcotráfico, a disputas territoriales y a omisiones institucionales que, con el paso de los años, terminarían por convertir al área metropolitana en uno de los epicentros criminales más relevantes del país.

El crimen que cambió la relación con Estados Unidos

En febrero de 1985, el secuestro del agente de la DEA Enrique Camarena sacudió la estructura criminal que operaba desde Jalisco. Interceptado en plena zona urbana de Guadalajara, fue trasladado a una casa de seguridad donde sufrió tortura prolongada. Su asesinato no fue un acto improvisado, sino una represalia directa por las investigaciones que afectaban los intereses del entonces dominante Cártel de Guadalajara.

La estructura encabezada por Miguel Ángel Félix Gallardo había consolidado rutas, protección política y redes financieras. La presión internacional derivada del caso provocó detenciones clave y la desarticulación del grupo, pero también abrió la puerta a una fragmentación que dio origen a nuevas organizaciones criminales. Lo que parecía el fin de un cártel terminó siendo el punto de partida para otros.

El magnicidio que fracturó certezas

Ocho años después, en mayo de 1993, la violencia tocó una fibra distinta. El asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el aeropuerto internacional de Guadalajara no solo fue un crimen de alto impacto: representó un golpe simbólico para una ciudad profundamente católica.

La versión oficial sostuvo que el cardenal quedó atrapado en un fuego cruzado entre sicarios del Cártel de Sinaloa y el Cártel de Tijuana. Sin embargo, las inconsistencias en la investigación alimentaron sospechas y teorías alternas que persisten hasta hoy. El caso debilitó la confianza en las instituciones y dejó la sensación de que la verdad completa nunca se esclareció del todo.

El surgimiento de un nuevo poder: el CJNG

Tras la muerte de Ignacio “Nacho” Coronel en 2010, la estructura criminal en Jalisco entró en reacomodo. De esa reorganización emergió el Cártel Jalisco Nueva Generación bajo el liderazgo de Nemesio Oseguera Cervantes. Lo que inició como una escisión vinculada al Cártel de Sinaloa evolucionó con rapidez hacia una organización autónoma, disciplinada y con ambición expansiva.

El grupo apostó por control territorial férreo, diversificación de actividades ilícitas y una estructura operativa de corte casi militar. En pocos años amplió su presencia a múltiples estados y consolidó rutas internacionales. Su crecimiento no fue silencioso: estuvo acompañado de demostraciones públicas de fuerza diseñadas para enviar mensajes tanto a rivales como a autoridades.

2015: la demostración de fuerza

El 1 de mayo de 2015, un operativo federal dirigido a capturar a Oseguera Cervantes detonó una reacción coordinada que paralizó buena parte del estado. Vehículos incendiados bloquearon avenidas y carreteras; ataques simultáneos se registraron en distintos municipios. La capacidad logística exhibida reveló que el grupo tenía control territorial suficiente para alterar la vida cotidiana en cuestión de horas.

Días después, una emboscada contra policías estatales en zona serrana dejó 15 elementos muertos. El mensaje fue contundente: la organización no solo defendía su liderazgo, sino que estaba dispuesta a confrontar abiertamente al Estado.

La violencia alcanza las zonas exclusivas

En octubre de 2022, una persecución armada culminó con un enfrentamiento en inmediaciones de Plaza Andares, uno de los complejos comerciales más exclusivos del país. El ataque, dirigido contra objetivos específicos, dejó muertos y heridos en un entorno asociado a lujo y aparente seguridad.

La escena alteró una percepción largamente sostenida: la idea de que ciertos espacios estaban blindados por su nivel socioeconómico. La violencia demostró que las disputas criminales no reconocen fronteras urbanas ni categorías sociales.

El golpe al corazón comercial

El asesinato de un reconocido comerciante de la Central de Abastos, junto con familiares y escoltas, a finales del 2025, evidenció la presión criminal sobre sectores económicos estratégicos. La Central no es un mercado cualquiera: es un nodo logístico clave para la distribución de alimentos en el occidente del país.

Cuando la violencia alcanza estos espacios, el impacto no se limita al número de víctimas. Se traduce en temor empresarial, ajustes en esquemas de seguridad privada y una sensación de vulnerabilidad en actividades que históricamente habían operado bajo reglas claras y relativamente estables.

Las fosas y la crisis de desapariciones

Con el paso de los años, Jalisco acumuló cifras alarmantes de personas desaparecidas. En distintos puntos del área metropolitana se localizaron restos humanos en fosas clandestinas, incluidos predios cercanos al Estadio Akron. La cercanía de estos hallazgos con infraestructura emblemática evidenció la coexistencia de modernidad urbana y violencia soterrada.

La búsqueda ha recaído en gran medida en colectivos ciudadanos, integrados por familiares que recorren terrenos y realizan labores que deberían corresponder plenamente a las autoridades. Esta dimensión humanitaria ha transformado el fenómeno criminal en una herida social abierta.

La caída del líder y el reacomodo

El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes generó una reacción inmediata: bloqueos, incendios de vehículos, suspensión de actividades escolares y comerciales. La experiencia previa sugiere que la desaparición de un liderazgo fuerte suele derivar en disputas internas o intentos de expansión de grupos rivales.

Lejos de significar un cierre automático del ciclo violento, la caída de un capo suele inaugurar una etapa de reacomodos cuya estabilidad depende de factores políticos, económicos y de seguridad aún en movimiento.


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