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»El elefante del miedo



Por: David Eduardo Martínez
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Un joven, niño, más bien, entra en su salón de clases, abre la mochila, saca una pistola y dispara contra uno de sus compañeros. El compañero cae gravemente herido. La bala cruza su cráneo. Le llega el turno a otro compañero, luego a la maestra, una compañera más, luego al autor de la masacre (casi masacre, pues no se consuma). Cuando dispara contra sí mismo, el atacante lo hace con torpeza. No tiene de otra más que disparar, pero le da miedo. Se nota que le da miedo. Logra hacerse daño, al final, y todos huyen despavoridos de la escena. Luego viene lo difícil: Los estudiantes heridos, y la maestra, son llevados a los hospitales de la ciudad. Ahí fallece el atacante. Sus padres lo desconectan. «No tiene remedio», les dice un doctor y ellos hacen caso. Ya desconectado, llenan unas formas y así, el muchacho, un niño, insisto, apenas tiene 13 años, pasa de terrorista escolar a salvador de vidas ajenas. Un giro irónico, sin duda. La verdad, un giro triste. Da escalofrío imaginar a sus padres firmando la hoja. Soñando con que su hijo no es un monstruo, el monstruo que todos dicen que es. Pensando que salva una vida, que su estupidez sirvió de algo. Muy tétrico.

Lo peor no termina aquí. Un video que muestra casi todo lo anterior, se hace viral menos de una hora después del acontecimiento. Algunos medios, deseosos de ganar likes, lo suben a sus plataformas digitales; lucran con dolor. Un espíritu condenatorio toma posesión de las redes sociales. A muchos no les parece la difusión del video. La mayoría, lo miran igual. No apresuremos el juicio.

Son imágenes crudas. Si en el episodio análogo de Columbine vimos a los agresores moverse con desparpajo, aquí hay unos tiros precisos que dejan helada la sangre. Pero las apariencias engañan. Con todo su desparpajo, su torpeza juvenil, los atacantes de Columbine mataron a 13 personas. Hasta el momento, el agresor de Monterrey no ha herido a nadie. Aun así, hay elementos macabros en la grabación de Monterrey que no estaban el día del ataque de Colorado. Dylan y Klebold, los inadaptados de Columbine, estaban ya por graduarse, casi eran adultos, pues. El de Monterrey apenas dejaba la infancia, olía aún a jardín de niños. Esta situación hizo que se disparasen alarmas morales al atardecer de tan funesto día.

Hacia las seis de la tarde, un mensaje anónimo que circuló por WhatsApp reveló algunos datos perturbadores sobre las circunstancias del ataque. Un ama de casa dijo haber escuchado que el agresor estaba en un grupo de Facebook dedicado al ‘trolleo’ profesional. No lo dijo así, obviamente, difícilmente un ama de casa utilizaría el término ‘trolleo’ con tanta naturalidad. Lo que dijo es que el muchacho estaba dentro de una ‘secta’. Una ‘secta’ peligrosa de veneradores de la muerte. Algo así, palabras más palabras menos. Lo que decía sonó a pánico satanista de los ochenta.

La consternada mujer pedía a los padres de familia que vigilaran a sus hijos, monitorearan sus redes sociales, se convirtieran en gendarmes, ángeles custodios, en granaderos domésticos, pues. Con todo el respeto que me merece esa postura, debo precisar que no me parece ni remotamente correcta. Justo por eso, es decir, por los excesos que se derivarían de una actitud policial para con los hijos, algunas voces surgieron para inculpar a los padres y sugerir que, aunque no es necesario que actúen como unos gendarmes, sí es indispensable que sean amorosos y compartan un tiempo de calidad con su progenie.

Ambas posturas, creo yo, están igual de erradas en tanto pretenden encontrar un responsable individual por tragedias como la de Monterrey. En el primer caso, se da por hecho que los menores son unos vándalos sin valores morales que precisan la mano dura para crecer derechos y, como literalmente lo dijo el ama de casa, “convertirse en personas de bien”. El segundo caso, más rousseauano, sugiere que los niños son, de suyo, inocentes y que es la falta de amor de los adultos egoístas y ocupados la que los convierte en monstruos. Algo de verdad hay en esta aseveración, pero nos deja muy cortos y sigue sonando tajante, violento. Como si los padres fueran sencillamente unos desobligados cerdos avariciosos a los que el bienestar de su hijo los tiene sin el menor cuidado. Una afirmación así, claro está, es sumamente injusta. 

Sue Klebold, madre de uno de los perpetradores de Columbine, dijo en una ocasión que el amor no es siempre suficiente, que ella hizo lo que pudo y, aun así, su hijo tomó una decisión equivocada. Personalmente, le creo.

La directora de cine Lynne Ramsay exploró de manera magistral esta situación en su crudísima película de culto Tenemos que hablar de Kevin (2011). Ahí, una madre de clase media es testigo de cómo su hijo se desarrolla para convertirse en un sociópata que aniquila a todos sus compañeros. La constante durante la filmación es la impotencia. La impotencia de la madre que ve a su hijo recaer en la perversión una y otra y otra vez sin poder hacer absolutamente nada para detenerlo. Algo similar, pero acotado a un entorno escolar, ocurre en Elephant, obra de Gus Van Sant, donde vemos los días previos a una agresión escolar, entremezclados con la incapacidad de los ‘adultos’ para prevenir y detectar el mal a tiempo. Como estos, hay muchos ejemplos en la literatura, sobre todo norteamericana, de lo difícil que resulta para los guardianes, para los responsables del orden social, prevenir acontecimientos como el que tuvo lugar en Monterrey.

Ante un panorama así ¿quién tuvo al final la culpa? El problema, está dentro de la pregunta misma. Pretender que alguien tuvo ‘la culpa’ es hacer trampa, porque ‘la culpa’ siempre es individualizada. Alguien, cuando ocurre un acontecimiento así, tiene la culpa y entonces yo puedo desentenderme. No solo eso, también puedo engañarme a mí mismo haciéndome creer que basta un comportamiento determinado para que las cosas no se salgan de control, para que se mantenga la paz y la cordura. Lo que sucedió en Monterrey no es culpa de los padres, ni del propio niño, ni de la escuela. Es algo muchísimo más perverso. Algo más basto, inabarcable.

¿A qué me refiero concretamente? Sencillo: Durante los años ochenta, el mundo experimentó una transición radical que estamos acostumbrados a leer en clave económica, pero que en realidad tuvo profundas repercusiones en nuestra forma de relacionarnos con el mundo. De un esquema que tendía a privilegiar el espacio público, pasamos a uno donde toda virtud recayó sobre lo privado. Se nos enseñó a competir, a luchar unos contra otros y a desconfiar, por lo tanto, en los demás.

No se trata de si el niño avisó sobre la masacre, o de cómo consiguió el arma o de dónde estaban sus papás. Se trata de cómo un chico de apenas 13 años llegó a un nivel de depresión tan significativo que finalmente optó por hacer lo que hizo. Algunos dicen que cuando un adolescente hace cosas así, lo que busca es atención. Quizá estén en lo correcto. El problema está en el tono, pues cuando lo dicen, suena como si el niño fuese culpable con ello, como si tuviera que avergonzarse de buscar algo que es natural para todo ser humano.

Es verdad que la adolescencia siempre ha sido una etapa difícil relacionada con el conflicto, pero también lo es que niños y adolescentes deben enfrentar presiones que los conducen hasta los rincones más oscuros de la naturaleza humana. Sabemos que el menor recibía atención, que tenía un cuadro de depresión clínica. Eso está muy bien, pero no es suficiente. El problema real, si es que podemos hablar de tal cosa, es el solipsismo, la falta de confianza, la absoluta percepción de que el otro es un enemigo y por lo tanto, su vida vale muy poco, y puede ser suprimida en cualquier momento.

Contra lo que comentan los moralistas, estoy seguro de que no es la hybris sino el miedo el principal espectro dentro de la modernidad. Nuestros discursos sobre el progreso, el futuro, en realidad están llenos de miedo y es justo la mentalidad conservadora lo que mantiene ese miedo vivo y nos impide trascenderlo. Nuestra esperanza la construimos con miedo, la conjuramos con miedo y ahora vemos las consecuencias. Más que alejar las armas de nuestros niños o revisar lo que hacen, o venderles nuestro amor como si fuera una mercancía, lo que necesitamos es confiar en ellos y dejar que ellos confíen en nosotros como sociedad. De otra manera, de cualquier otra manera, lo que haremos será alimentar al terrible monstruo, al elefante blanco gigantesco que con sus pasos erráticos destruye nuestra habitación. El elefante del miedo.