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¿Y si pudieras “contagiarte” de una enfermedad mental?

Por Expertos TEC - 18/06/2026

Las ideas expresadas en las columnas, así como en otros artículos de opinión, no necesariamente corresponden a la línea editorial de Códice Informativo, y solo son responsabilidad del autor.

Imaginemos que es posible transmitir una enfermedad mental de una persona a otra sin tocar su cerebro. La ciencia nos dice que esto ya se […]

 ¿Y si pudieras “contagiarte” de una enfermedad mental?

Imaginemos que es posible transmitir una enfermedad mental de una persona a otra sin tocar su cerebro. La ciencia nos dice que esto ya se ha logrado: trasplantando microbiota, es decir, las heces de un organismo a otro.

La relación entre intestino y cerebro se intuía desde hace años -todos hemos sentido “un nudo en el estómago” ante el estrés- pero no fue sino hasta los experimentos con ratones libres de gérmenes, a principios del siglo XXI, cuando esta conexión se volvió irrefutable. Estos animales presentaban comportamientos de ansiedad exacerbada, y no es para menos: el sistema nervioso del aparato gastrointestinal tiene más neuronas que la propia médula espinal, y se comunica constantemente con nuestro cerebro a través del nervio vago.

Antes se pensaba que esta relación era solo neuroendócrina -neurotransmisores y hormonas-. Hoy sabemos que hay dos actores clave: la microbiota, ese ecosistema de microorganismos que convive en armonía con nosotros, y el sistema inmune. ¿Por qué el sistema inmune no elimina a esos microorganismos? Porque desde el nacimiento han convivido con él, enseñándole a tolerarlos.

Cuando comemos, alimentamos también a nuestra microbiota. Al darle fibra, a cambio, ella nos devuelve ácidos grasos de cadena corta, vitaminas (K, B9, B12), aminoácidos y neurotransmisores. Los ácidos grasos de cadena corta actúan como mensajeros diplomáticos: le dan señales antiinflamatorias al sistema inmune y le comunican al cerebro que todo está bien.

Pero cuando la fibra escasea de manera sostenida -como ocurre en dietas ricas en carne roja, harinas refinadas y grasas- se producen compuestos inflamatorios que deterioran las uniones entre las células intestinales, generan una señal de alerta al cerebro y favorecen el desarrollo de trastornos como ansiedad o depresión.

El camino también funciona al revés: si el estrés viene del exterior, el aumento sostenido de cortisol “desactiva” al sistema inmune, rompe su comunicación con la microbiota, favorece la proliferación de microorganismos patógenos y genera más inflamación– un ciclo vicioso difícil de interrumpir.

Por eso, ya no basta con prescribir tratamiento psiquiátrico y cruzar los dedos. Es imperativo atender también la salud intestinal. En ese marco, los psicobióticos -cepas específicas de microorganismos capaces de producir neurotransmisores- se perfilan como una terapia prometedora; no obstante, su eficacia no puede desligarse de una alimentación adecuada: son dos piezas del mismo engranaje. La salud mental y la salud intestinal no se tratan por separado, se construyen juntas, en el plato y en la mente.

Dra. Gloria Yareli Gutiérrez Silerio, profesora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro. [email protected] X: @GloriaGSil

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