Una eternidad MORENA

El tiempo es una criatura caprichosa: se encoge cuando uno es feliz y se estira hasta volverse insoportable cuando la realidad aprieta. Pasa volando cuando […]
El tiempo es una criatura caprichosa: se encoge cuando uno es feliz y se estira hasta volverse insoportable cuando la realidad aprieta. Pasa volando cuando hay rumbo, equipo y propósito; se arrastra cuando lo que domina es la incertidumbre, el desgaste o la crisis. Por eso, si hoy le preguntáramos a la presidenta de México si el tiempo corre o se detiene, es probable que no dudara en responder que, más que avanzar, el reloj se le ha vuelto una eternidad. Y no necesariamente por decisiones propias, sino por todo lo que ha tenido que cargar desde el primer día.
Porque una cosa es llegar al poder con una narrativa de continuidad y otra muy distinta es gobernar en medio de una tormenta que no da tregua. A poco más de año y medio de haber asumido la presidencia, el balance político y noticioso no parece el de una administración que fluye, sino el de una que resiste. Y resistir, en política, suele ser sinónimo de desgaste.
Desde el arranque, los símbolos empezaron a pesar. Aquel episodio del helicóptero de Ricardo Monreal no fue solo una anécdota pintoresca: fue una grieta temprana en el discurso de la austeridad. La imagen de un líder del movimiento aterrizando entre justificantes y sonrisas contrastaba con la narrativa que se buscaba consolidar. La presidenta tuvo que marcar distancia, pero el mensaje ya había quedado flotando: no todos reman en la misma dirección.
Luego vino el golpe estructural, ese que no se disipa con declaraciones. El escándalo del llamado “huachicol fiscal” abrió una ventana incómoda hacia un esquema de corrupción de dimensiones mayúsculas. No se trataba de un caso aislado, sino de un entramado que involucraba aduanas, instituciones y omisiones sistemáticas. Medio billón de pesos en juego no es solo una cifra: es una herida directa a la credibilidad del Estado. Y cuando eso ocurre, el tiempo deja de ser aliado; cada día sin respuestas claras se siente como un año.
En paralelo, las tensiones políticas comenzaron a acumularse. El caso de Cuauhtémoc Blanco no solo fue polémico por su contenido, sino por lo que evidenció: la primera fractura visible entre Morena y sus aliados. El PT marcó distancia, el PRI terminó inclinando la balanza y, en el fondo, quedó la sensación de que la cohesión del bloque gobernante no era tan sólida como se presumía. Ese tipo de episodios no solo desgastan hacia afuera; erosionan hacia adentro.
Y cuando parecía que el calendario no podía concentrar más ruido, llegaron los escándalos de imagen, los lujos exhibidos, los viajes incómodos, las contradicciones discursivas. Cada uno, por sí solo, quizá menor; en conjunto, una narrativa persistente de incongruencia. Porque la política no se mide solo por decisiones estructurales, sino por percepciones acumuladas.
El cierre de 2025 trajo además un ingrediente más delicado: los primeros indicios de una conversación abierta sobre la relación entre poder político y crimen organizado. No como insinuación, sino como sospecha instalada en el debate público. Y ya en 2026, los hechos comenzaron a escalar: detenciones, acusaciones, tensiones con aliados, reformas que no avanzan, liderazgos que desafían y una sensación creciente de desorden interno.
Lo que se observa no es una crisis única, sino una secuencia. Una espiral, como bien podría describirse, donde cada episodio se suma al anterior sin permitir que el sistema recupere equilibrio. Y en ese contexto, el tiempo político se distorsiona: lo que debería ser un periodo de consolidación se percibe como una administración permanentemente a la defensiva.
Gobernar no es solo tomar decisiones; es administrar el ritmo de los acontecimientos. Y hoy, ese ritmo parece impuesto desde fuera, no controlado desde dentro. La presidenta no solo enfrenta a la oposición, sino a los efectos acumulados de su propio entorno político, a las tensiones de su coalición y a una agenda pública dominada por crisis sucesivas.
Quizá por eso la sensación de eternidad. Porque cuando no hay respiro, cuando cada mes trae un nuevo frente, el tiempo deja de medirse en logros y empieza a contarse en daños contenidos. Y así, lo que en otros contextos podría parecer un periodo breve, aquí se percibe como un trayecto largo, pesado y lleno de obstáculos.
La gran pregunta no es si el tiempo pasa rápido o lento, sino si alcanza. Porque en política, el reloj no perdona, y si la narrativa dominante sigue siendo la del desgaste, el veredicto no lo dicta el calendario, sino las urnas. Y 2027, aunque todavía parece lejano, tiene una costumbre implacable: siempre llega más rápido de lo que los gobiernos quisieran.
Paul Ospital
Diputado local por la LX Legislatura del Estado de Querétaro. Maestro en Gobierno y Políticas Públicas y licenciado en Ciencia Política y Administración Pública. Se ha desempeñado en diversos cargos dentro del Partido Revolucionario Institucional a nivel local y nacional. Ha participado en paneles de análisis y discusión en distintos medios de comunicación y actualmente participa en una veintena de medios como columnista y colaborador.


