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No son las camionetas, es la hipocresía

Por Paul Ospital - 29/01/2026

Las ideas expresadas en las columnas, así como en otros artículos de opinión, no necesariamente corresponden a la línea editorial de Códice Informativo, y solo son responsabilidad del autor.

Durante años, la Cuarta Transformación había logrado sostener una narrativa poderosa: la del sacrificio moral frente al privilegio, la austeridad como virtud republicana, la medianía […]

 No son las camionetas, es la hipocresía

Durante años, la Cuarta Transformación había logrado sostener una narrativa poderosa: la del sacrificio moral frente al privilegio, la austeridad como virtud republicana, la medianía como código ético frente a la frivolidad del pasado. Fue, de hecho, uno de sus pilares
fundacionales, un hábito discursivo que ofrecía a la ciudadanía un pacto simbólico: nosotros somos distintos, no vivimos del poder ni nos servimos de él.

Pero en los últimos meses, ese capital moral, más que agotarse, parece haberse diluido en un mar de justificaciones. La reciente polémica por la compra de camionetas blindadas para ministros afines a la 4T no sólo reavivó el debate sobre la austeridad, sino que puso frente al espejo algo más profundo: la fractura entre el discurso y la conducta, entre la palabra y el ejemplo.

Porque nadie discute que los servidores públicos necesiten seguridad, en especial quienes enfrentan amenazas reales, ministros, jueces o funcionarios expuestos al crimen organizado. El problema no son las camionetas. Es la hipocresía. Es el doble discurso que, a fuerza de repetirse, vacía de sentido aquello que alguna vez movilizó esperanzas. La historia reciente está llena de ejemplos: desde las vacaciones de lujo de dirigentes de Morena en Europa hasta las costosas propiedades de aliados entrañables del movimiento, las defensas presidenciales han sido un hilo constante: que si se pagó con dinero propio, que si se trata de ataques mediáticos, que si hay asuntos más graves de los cuales ocuparse. Todo eso podrá ser cierto, pero también suena a coartada moral. En política, las incoherencias pesan más que las explicaciones técnicas.

Lo paradójico es que la presidenta Sheinbaum, que había construido una imagen de rigor y consistencia, ha tenido que salir una y otra vez a justificar las inconsecuencias de sus propios aliados. En julio de 2025 defendió los viajes de los morenistas bajo el argumento de los “recursos personales”; en agosto, minimizó el escándalo de la casa de doce millones de Fernández Noroña, descalificando el tema como distracción; en octubre, cerró filas ante las revelaciones de corrupción interna publicadas por The New York Times; y en enero pasado, justificó la compra de camionetas blindadas con un argumento tecnocrático: que era más barato comprarlas que arrendarlas. En cada defensa, más allá del detalle administrativo, se perdió un poco de la esencia original del discurso: que el cambio también debía ser moral, no sólo presupuestal.

Algunos dirán que la pureza es una trampa, que ningún gobierno puede sostener de forma permanente un ideal de impecabilidad sin caer en el absurdo o en la hipocresía. Tal vez. Pero la política, como la literatura o la fe, se sostiene en símbolos, y cuando un símbolo se quiebra, algo más profundo se resquebraja. “No mentir, no robar, no traicionar” fue el mantra que elevó al movimiento a una dimensión casi religiosa de la política mexicana. Hoy, frente a los lujos exhibidos, las propiedades millonarias y las camionetas blindadas, el eco de ese mantra suena hueco, como una vieja canción que ya nadie cree.

Es cierto que ningún político sobrevive a las expectativas absolutas de su propio discurso. Sin embargo, el problema con la 4T no es la imperfección humana de sus dirigentes, sino la intolerancia moralista con que medía a los demás. Durante años, cualquier diferencia o error
ajeno fue juzgado con severidad y desde una superioridad ética incuestionable. Ese pedestal era rentable mientras los hechos acompañaban las palabras; hoy, cuando los hechos se parecen tanto a los del viejo régimen que prometían enterrar, la altura del pedestal se ha vuelto vértigo.

Detrás de la defensa de Sheinbaum a los excesos de los suyos hay una paradoja política compleja: cada vez que extiende su manto de protección sobre figuras moralmente desgastadas, preserva la unidad del movimiento, pero erosiona la confianza en su liderazgo. Cada vez que minimiza un escándalo, gana tiempo táctico pero pierde terreno simbólico. Al final, eso que llamaban “la superioridad moral” de la 4T corre el riesgo de transformarse en una caricatura de sí misma, una fórmula vacía que se invoca más por reflejo que por convicción.

Los ministros que hoy se desdicen, que antes exigían austeridad y hoy justifican el blindaje de lujo, no son distintos de aquellos a quienes criticaron. El discurso de la modestia pública ya no soporta la prueba del espejo. La moral de la 4T, esa que se presumía incorruptible, se
ha vuelto contable, negociable, técnica. Y así, entre el costo de las camionetas y el precio de las justificaciones, lo que se perdió no fue dinero público, sino algo más costoso: la autoridad moral que, durante años, fue la mayor riqueza política del movimiento.

Paul Ospital

Diputado local por la LX Legislatura del Estado de Querétaro. Maestro en Gobierno y Políticas Públicas y licenciado en Ciencia Política y Administración Pública. Se ha desempeñado en diversos cargos dentro del Partido Revolucionario Institucional a nivel local y nacional. Ha participado en paneles de análisis y discusión en distintos medios de comunicación y actualmente participa en una veintena de medios como columnista y colaborador.


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