Lupita, queretana; dos pandemias (1918 y 2020) y… ¡vive! Tiene 108 años.


Por Andrés González el 30/06/2020
 Lupita, queretana; dos pandemias (1918 y 2020) y… ¡vive! Tiene 108 años.

Foto: Especial

Es doña María Guadalupe Martínez Mejía, nacida en esta ciudad de Querétaro un 25 de mayo de 1912

Primera parte.

Entramos, a esa casa de la colonia Lomas de Casa Blanca, con respeto… con el profundo respeto que se otorga a una persona de avanzada edad.

Sus pequeños ojos apenas los entreabre. Nos ve sin decirnos nada.

“¿Cómo está?” Le pregunto.

Tarda en contestarme pero me dice:

“Bien… bien gracias a Dios”.

Es doña María Guadalupe Martínez Mejía, nacida en esta ciudad de Querétaro un 25 de mayo de 1912.

Acaba de cumplir 108 años de edad, apenas el mes pasado.

Su rostro es tranquilo, permanece recostada suavemente en su cama; apoya parte de su cuerpo en dos limpios almohadones.

Su mente se encuentra lúcida pero su cuerpo refleja el innegable paso de los años… de tantos años.

Me acompaña uno de sus hijos, Joel Ontiveros Martínez, mi vecino además en la colonia Jardines de la Hacienda.

“Ya oye muy poco y ve borroso” me dice. Es de entenderse.

La dejamos descansar y con don Joel, continuamos la plática.

Y me cuenta lo que, de chico – tiene hoy 72 años que cumplirá en julio – le oyó decir a su madre.

“Mi madre nació en el Barrio de Santa Rosa, en alguna casa de la calle de José María Arteaga”.

Comenzaba ya la segunda década del siglo pasado. Y el país revuelto.

En esos años, cuando el siglo comenzaba a caminar, Querétaro era una pequeña población con muchas carencias, con pocas calles empedradas, sin agua potable, distinta a como hoy la conocemos y esta se tenía que ir a recoger a alguna de fuentes públicas que había en la ciudad. También en esa zona del templo de Santa Rosa, las casas eran aisladas y la orilla de la ciudad estaba a unos cuantos metros, por el rumbo de lo que ahora es la Calzada Zaragoza…llena de milpas, de sembradíos o de baldíos cuando nada se sembraba.

De pequeña, casi siendo una bebé, se la llevaron a vivir a Pachuca, donde tenía algunos parientes y un hermano que fue sacerdote.

“…. Pero mi madre regresó a Querétaro siendo niña” de modo que, cuando tenía seis años, ya vivía de nuevo aquí. Y casi sin darse cuenta – por su corta edad – le toca ser contemporánea de la promulgación de la Constitución de 1917, en el Teatro Iturbide y el cual, cuando la niña Lupita contaba con diez años de edad – en 1922 – se remodelara ese Teatro por órdenes del gobernador José María Truchuelo, para ponerle el nombre de “Teatro de la República”, justo a unas cuantas cuadras de donde ella vivía, en Arteaga.

Y mire usted lo que son las cosas, ya hasta pasaron las celebraciones del Centenario de la Promulgación de la Constitución Mexicana…pero ella sigue.

Doña Lupita o María Guadalupe, vivió algunos años en una casa ubicada en la hoy avenida “20 de Noviembre”, cerca de donde ahora está Plaza de Las Américas y que en esa época eran puras huertas de jícama, donde se vendía – todavía hasta antes de los cincuentas – “a peso el paso”.

Así y ya siendo toda una señorita, es pretendida por un señor de nombre Alejandro Ontiveros Balderas, que ya rondaba en los 45 años y ella estaba por cumplir los 23. Y se casaron. Era el año de 1935.

Fue pues, contemporánea de don Saturnino Osornio, gobernador de Querétaro en esos años – 1931, 1935 – época conocida como la “osorniada”.

Años después, de todo esto les platicaba Lupita a sus hijos.

Producto de este matrimonio de queretanos, tuvieron diez hijos, cuatro de ellos fallecieron muy pequeños. La medicina no estaba como lo está ahora. Y de cualquier manera, ya ven como nos trae el coronavirus.

Con su esposo, la familia se mudó a una casa de las calles de Rio de la Losa, cercana ya al centro de la ciudad. Ahí vivieron unos cuantos años, para mudarse a la calle de Madero.

De los seis que quedaron, fueron J. Trinidad el mayor, ya fallecido; Vitaliano que cuenta con 80 años de edad; Martha Udalia que tiene 78, ambos viven; el cuarto hijo de nombre Martiniano ya fallecido; don Joel mi vecino y narrador de parte de esta historia y otro hermano, el menor, de nombre Felipe, qepd todos de apellidos Ontiveros Martínez.

En la habitación que hoy Lupita ocupa en la casa de Lomas de Casa Blanca, le rodean fotos de algunos de sus hijos cuando eran niños y tal vez de algunos de sus muchos nietos que tiene.

Don Alejandro – esposo de Lupita – trabajó muchos años en la Comisión Federal de Electricidad que era considerado un buen trabajo. Con sus ingresos comenzó a mantener la familia. Les dio estudios – a los mayores – pero hacia el año de 1955, fallece don Alejandro. Y también les heredó la plaza de trabajo en la entonces “Compañía de Luz y Fuerza del Centro”.

De la calle Río de la Loza la familia se va a vivir a la colonia Niños Héroes, cuando ésta todavía estaba en formación.

“Era una casa grande, con mucho patio y llena de árboles frutales, llena de limones, duraznos y aguacates, era una casa muy bonita …tenía 48 metros de fondo por 11 de frente”.

La Iglesia de Cristo Rey de la colonia Niños Héroes todavía ni siquiera comenzaba a construirse.

Ya casada con don Alejandro, a la señora Lupita le tocó saber – y conocer a más de uno – a los gobernadores del Querétaro de ese entonces, al general Ramón Rodríguez – 1935, 1939 – quién había participado personalmente en la revolución; al gobernador don Noradino Rubio Ortiz – 1939-1941 – a quién un servidor también tuvo el honor de conocer en los años setentas, cuando don Rafael Camacho Guzmán lo integró a parte de su equipo en una dependencia que daba atención al campo.

Bueno, pues don Noradino fue el gobernador que reinició las tradicionales Fiestas de Navidad, ya con gran arraigo en esta capital pero que se habían suspendido por los años difíciles del conflicto mundial de los cuarentas.

De todo esto fue testigo presencial Doña Lupita, postrada ahora en su cama, pero con el recuerdo vivo del Querétaro antiguo, del Querétaro que ahora mismo padece el coronavirus, cuando ella pasó la Fiebre Española de 1918.

Y esta pandemia, la del coronavirus del 2020, que la está superando.

Dios también la guarde.

Continuará.

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