La ciencia útil nace de preguntas inútiles

La investigación científica requiere años de trabajo colectivo y conocimiento acumulado, por lo que el financiamiento a la ciencia básica es una inversión indispensable para impulsar las innovaciones y soluciones del futuro.
Hace unas semanas terminó el semestre. Como ocurre cada año, además de evaluar alumnos y entregar calificaciones, dediqué parte de mi tiempo a escribir propuestas para obtener fondos de investigación. Para quienes trabajamos en la academia esto es algo cotidiano; para muchas personas fuera de este ámbito probablemente no.
Mientras trabajaba en una de estas propuestas, pensé en una pregunta que rara vez discutimos fuera de las universidades y centros de investigación: ¿por qué una sociedad debería financiar la formación de científicos y proyectos cuyos beneficios no son evidentes de inmediato? Cuando pensamos en ciencia solemos pensar en medicamentos, tecnologías o materiales que mejoran nuestra vida cotidiana. Lo que rara vez vemos es todo lo que ocurre antes de llegar a ellos.
Existe una imagen popular del descubrimiento científico como el resultado de una idea brillante que aparece repentinamente en la mente de una persona excepcional, la clásica imagen de “¡Eureka!”. Sin embargo, la ciencia moderna funciona de manera muy distinta. Detrás de cada descubrimiento hay años de formación, artículos científicos, laboratorios, proyectos que fracasan y comunidades enteras de especialistas construyendo sobre el trabajo de quienes les precedieron. La ciencia es, sobre todo, un esfuerzo colectivo y acumulativo.
Uno de mis ejemplos favoritos es el de los cristales líquidos. Estos materiales fueron observados por primera vez en 1888 por un científico interesado simplemente en comprender un fenómeno extraño de la naturaleza. Durante décadas fueron poco más que una curiosidad científica. Nadie estaba intentando inventar una pantalla plana, una computadora portátil o un teléfono inteligente; muchas de esas tecnologías ni siquiera podían imaginarse. Sin embargo, el conocimiento acumulado permitió que, décadas después, surgieran las pantallas LCD que hoy encontramos en relojes, computadoras y teléfonos.
Para mí, esta historia ilustra una realidad fundamental: la ciencia útil suele nacer de preguntas que inicialmente parecen inútiles. Después de todo, la creatividad es indispensable en la investigación, pero para crear primero hay que comprender. Ninguna idea surge en el vacío: las ideas que transforman nuestra forma de ver el mundo suelen apoyarse en décadas de conocimiento acumulado, construido por una o varias generaciones de investigadores. Las empresas desempeñan un papel fundamental en la innovación, pero suelen priorizar proyectos con aplicaciones relativamente claras o con horizontes de desarrollo compatibles con sus objetivos. La investigación básica cumple una función distinta: ampliar el conocimiento disponible, incluso cuando pareciera no existir una aplicación inmediata.
Por eso considero que el apoyo público a la ciencia es indispensable. Una sociedad que deja de generar conocimiento propio termina dependiendo del conocimiento de otros. Los beneficios de la ciencia son visibles; los usamos todos los días. Lo que suele permanecer invisible es el largo camino que los hace posibles. Cuando apoyamos la investigación no estamos financiando únicamente proyectos; estamos construyendo las condiciones para que existan las respuestas del mañana.
Claudia Elena Ferreiro Cordova profesora asistente de la Escuela de Ingeniería y Ciencias, Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro
[email protected] @FerreiroCordova


