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Entre migración y nacionalismos: un Mundial histórico

Por Expertos TEC - 02/07/2026

Las ideas expresadas en las columnas, así como en otros artículos de opinión, no necesariamente corresponden a la línea editorial de Códice Informativo, y solo son responsabilidad del autor.

El Mundial 2026 abre una reflexión sobre la tensión entre migración, nacionalismos e identidad, a partir de selecciones integradas por futbolistas con historias familiares y comunitarias que cruzan fronteras

 Entre migración y nacionalismos: un Mundial histórico

Entre los múltiples debates que rodearon el inicio del Mundial de Fútbol 2026, destacan dos fenómenos que parecen convivir en permanente tensión: el auge de los nacionalismos radicales y la migración. A primera vista, ambos procesos parecen irreconciliables. De hecho, las políticas migratorias de algunos de los países organizadores generaron fricciones con la FIFA, organizaciones defensoras de los derechos humanos y diversos sectores de la sociedad civil.

Sin embargo, el fútbol también ofrece una perspectiva distinta para comprender esta aparente contradicción. En El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano recordaba que, a pesar de la “tecnocracia del deporte” y de los intereses económicos que lo rodean, el fútbol conserva la capacidad de transformar la tribuna, el barrio, la ciudad y las comunidades. Más allá del espectáculo global, sigue siendo un espacio donde las identidades se construyen desde los vínculos humanos.

En un momento histórico en el que distintos gobiernos discuten quién tiene derecho a pertenecer a una nación y quién debe quedar excluido, el Mundial 2026 muestra una realidad mucho más compleja. Los lazos familiares, las historias de migración, las conexiones sociales y el afecto por una camiseta desafían las nociones rígidas de nacionalidad y demuestran que la identidad puede construirse a partir de múltiples pertenencias.

Algunas selecciones ilustran con claridad este fenómeno. Curazao, Marruecos, Costa de Marfil y Haití comparten una característica notable: una proporción importante de sus futbolistas nació fuera del territorio nacional que hoy representan. En algunos casos, más del 60 % de sus jugadores crecieron en Europa o en Estados Unidos, pero eligieron defender los colores del país de origen de sus familias. Su decisión no responde únicamente a criterios deportivos, sino también a vínculos afectivos, culturales y comunitarios que trascienden las fronteras.

Estas trayectorias migratorias también han generado importantes procesos de cooperación. Muchos de estos futbolistas se formaron en academias europeas o estadounidenses, adquirieron experiencia en ligas de alto nivel y posteriormente contribuyeron al desarrollo del fútbol en los países de sus familias mediante proyectos sociales, programas de formación o inversiones en infraestructura deportiva. Un ejemplo emblemático es el trabajo impulsado por Didier Drogba en Costa de Marfil, donde su labor filantrópica ha fortalecido iniciativas educativas y comunitarias desde 2009.

Esta realidad invita a matizar tanto la visión pesimista sobre la globalización del fútbol como los discursos nacionalistas que buscan establecer fronteras rígidas de pertenencia. Si bien el deporte profesional está profundamente influido por intereses económicos y políticos, las experiencias de estas selecciones muestran que continúan existiendo redes de solidaridad, cooperación e identidad construidas desde abajo. La migración no solo implica desplazamiento; también produce intercambios de conocimiento, oportunidades y formas de pertenencia que enriquecen a las sociedades de origen y de destino.

Las actuaciones de Marruecos y Costa de Marfil en este Mundial son un recordatorio de ello. Más allá de los resultados deportivos, ambas selecciones representan historias compartidas entre continentes, familias y generaciones. En un contexto internacional marcado por discursos de exclusión, el fútbol vuelve a demostrar que las identidades nacionales no son necesariamente cerradas o excluyentes. Por el contrario, pueden nutrirse de la diversidad, de la movilidad humana y de los vínculos que las personas mantienen con más de un lugar.

Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas del Mundial 2026: mientras la política insiste en levantar fronteras, el fútbol sigue encontrando formas de tender puentes.

Mtro. Alberto Ugarte Ortega, Director de la Licenciatura en Relaciones Internacionales de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey, Campus Querétaro.
Cuenta de X: @augarte22

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