Ciencia en tiempos de “streaming”

Imagínate una tarde cualquiera: llegas a casa, enciendes el televisor o desbloqueas tu celular, abres tu aplicación de entretenimiento favorita y te dispones a pasar […]
Imagínate una tarde cualquiera: llegas a casa, enciendes el televisor o desbloqueas tu celular, abres tu aplicación de entretenimiento favorita y te dispones a pasar un rato de ocio. El catálogo es enorme, casi infinito: series, películas, documentales, videos de creadores de contenido. Sin embargo, no tarda en aparecer la sensación de que “no hay nada que ver”. El problema no es la cantidad, sino la calidad: la oferta suele ser repetitiva, poco original y con escasa capacidad de enganchar.
Algo similar ocurre hoy en día con la ciencia.
A 120 años del “annus mirabilis” de Einstein -ese 1905 en el que publicó cuatro de los trabajos más trascendentes de la historia de la física- me pregunto si como humanidad, estamos caminando en la dirección correcta en el quehacer científico. A inicios del siglo XX, la investigación se orientaba a formular ideas que transformaban el pensamiento y marcaban a generaciones enteras. Hoy, en contraste, parece más sensato (aunque no necesariamente justo) comparar la investigación científica con el auge y decadencia de la época de oro del cine frente a la saturación de las plataformas de streaming.
El científico tiene la tarea de hacerse preguntas sobre el mundo que lo rodea y contestarlas con rigor, siguiendo el método heredado de Galileo, Bacon y Descartes. Publicar esos resultados era un proceso arduo: las sociedades científicas y las editoriales ejercían un estricto control de calidad mediante la revisión por pares. Muchas veces se rechazaban ideas revolucionarias – el propio Einstein sufrió ese escrutinio, – pero el resultado era un sistema que favorecía la consolidación de descubrimientos capaces de definir rumbos enteros de conocimiento.
Hoy en cambio, vivimos en un entorno saturado de información y publicaciones. Lo que antes estaba confinado a bibliotecas universitarias, ahora circula en línea con un clic. Paradójicamente, en un tiempo donde el acceso al conocimiento es más democrático que nunca, publicar en revistas científicas se ha convertido en gran medida en un símbolo de estatus académico más que en un verdadero aporte al saber. La ciencia corre el riesgo de parecerse a un catálogo de streaming: vasto, pero lleno de títulos olvidables.
La revisión por pares, que alguna vez fue un proceso riguroso y colectivo, hoy a veces se asemeja más a dar “like”, suscribirse o dejar un comentario. Si todo funcionara idealmente, un artículo científico tendría el mismo impacto que un fenómeno cultural masivo: un éxito de taquilla, un hito generacional, un referente. Sin embargo, vivimos bajo la consigna del publish or perish, donde se privilegia la cantidad sobre la calidad, y donde se acumulan pequeñas contribuciones que rara vez trascienden.
A pesar de ello, hay un motivo para la esperanza: las y los jóvenes investigadores, estudiantes de posgrado y postdoctorados que creen con convicción que su trabajo puede cambiar el mundo. Eso sí: también debemos motivar a las generaciones en edad temprana, acercarlas a la ciencia sin descontextualizar lo que realmente significa hacer investigación. No se trata solo de inspirar, sino de transmitir con honestidad la disciplina, el rigor y la paciencia que exige el verdadero quehacer científico.
Creo firmemente que aún podemos cambiar el rumbo. Que todavía es posible construir un ecosistema científico donde la pasión por descubrir y entender el arte de publicar. Compañeros, compañeras y comunidad, los invito a reflexionar sobre ello y a propiciar el cambio. Solo así podremos tener la ciencia —y el mundo— que imaginamos y que verdaderamente merecemos.
Christopher Diego Cruz Ancona, profesor investigador en Teoría de Control en el Departamento de Mecatrónica, Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro.


