Burnout y estrés crónico: el precio invisible de estar siempre disponibles

El burnout no es solo cansancio: especialistas explican cómo el estrés crónico y la hiperconectividad mantienen al cerebro en estado constante de alerta, afectando la salud física y mental
Vivimos conectados casi todo el tiempo. Contestamos mensajes fuera del horario laboral, revisamos correos antes de dormir y sentimos culpa cuando descansamos o procrastinamos. En una cultura que premia la productividad constante, el agotamiento se ha normalizado al punto de parecer inevitable. Sin embargo, desde la neurociencia, el burnout no es simplemente “estar cansado”, sino una respuesta biológica al estrés crónico.
La Organización Mundial de la Salud define al burnout como un fenómeno ocupacional resultado de un estrés laboral crónico sostenido y mal gestionado. Bajo estrés constante, el cerebro activa repetidamente el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, un sistema encargado de coordinar la respuesta fisiológica de “lucha o huida”. Esto aumenta la producción de cortisol, conocida popularmente como la “hormona del estrés”.
En pequeñas cantidades, el cortisol nos ayuda a reaccionar y adaptarnos. Pero cuando permanece elevado durante mucho tiempo, puede afectar el sueño, el control de la glucosa, la memoria, la concentración y la regulación emocional. Al mismo tiempo, el cuerpo mantiene un estado persistente de inflamación y desgaste que puede repercutir en la salud física y mental.
Desde el punto de vista biológico, muchas de las amenazas modernas activan sistemas muy antiguos de supervivencia. El cerebro no distingue completamente entre el estrés de un depredador y una notificación urgente; ambos pueden mantener activada la respuesta de alerta de manera constante. Esto ayuda a explicar por qué muchas personas viven fatigadas incluso después de descansar. Las señales suelen aparecer de forma gradual: cansancio persistente, irritabilidad, insomnio, dificultad para concentrarse, apatía o sensación de desconexión emocional.
Aunque no existe una solución única, la evidencia científica muestra que pequeñas acciones sostenidas pueden ayudar a disminuir la sobrecarga fisiológica del estrés: respetar horarios de descanso, reducir la hiperconectividad digital, dormir adecuadamente, realizar actividad física, dedicar tiempo a cosas que disfrutamos e invertir en relaciones sociales significativas son algunas actividades salvavidas. En algunos casos, también es importante buscar apoyo psicológico o profesional.
Nuestros cerebros pueden sobrevivir bajo presión, evidentemente, pero no sin consecuencias. En una sociedad que ha normalizado el agotamiento, aprender a descansar y gestionar el estrés también es una forma de proteger nuestra salud.
Nelly Jovana Pastén Castrejón
Profesora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tec de Monterrey Campus Querétaro.
Doctora en Ciencias en Biomedicina.
Bióloga y con maestría en Ciencias en Neurometabolismo.
Docente en el área de la salud y como investigadora en neurobiología e inmunometabolismo.


