El petróleo vs. la 4T


Por Staff Códice Informativo el 21/04/2020
 El petróleo vs. la 4T

Foto. Especial

Ayer, lunes 20 de abril, el barril de crudo alcanzó uno de los precios más bajos en los últimos cincuenta años. Desde barriles que se […]

Ayer, lunes 20 de abril, el barril de crudo alcanzó uno de los precios más bajos en los últimos cincuenta años. Desde barriles que se vendían con saldo negativo, hasta sistemas de refinerías enteros paralizados, como sucedió en el Mar del Norte, en todo el mundo pudieron apreciarse los estragos por la conjunción entre una guerra de precios iniciada meses atrás entre Rusia y Arabia Saudita y la parálisis del transporte global como consecuencia de la pandemia por Coronavirus.

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, fue presto en este sentido para tranquilizar a la opinión pública. Durante su conferencia mañanera de hoy, el mandatario aseveró con firmeza que este colapso de precios está lejos de constituir una amenaza para el país, en tanto hay herramientas para sobrellevar la crisis. Estas herramientas, dice el presidente sin especificar cifras concretas, se articulan en torno al ahorro que habría alcanzado su administración como parte de la “austeridad republicana” y el combate frontal a la corrupción.

Independientemente de que esto sea verdad o de que sea posible rescatar a las finanzas públicas de un país con solo disminuir sueldos de funcionarios y evitar fugas de capital, el hecho es que la depreciación petrolera pone en un grave problema al gobierno federal y no tanto por el impacto en la economía, cuyas consecuencias todavía son difíciles de prever, sino por el énfasis que la administración actual ha estado dando al petróleo casi desde la campaña electoral de 2018.

López Obrador es un hombre cuyos lazos con el petróleo se reconocen desde su origen. Nativo de Tabasco, el mandatario entiende bien los pormenores en el negocio del oro negro. A esto hay que añadirle otras circunstancias, como su admiración por Cárdenas, cuyo mayor hito fue darle a este país la soberanía energética que después le permitiría sumarse al tren del desarrollo durante los turbulentos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Por eso no es de extrañar que el presidente conciba a Pemex como un activo para la economía nacional y una herramienta de soberanía, tal como lo dejó claro en su libro de 2008: “La gran tentación, el petróleo de México“. El problema es que entre las circunstancias de Cárdenas y las nuestras hay una suficiente cantidad de diferencias como para dudar seriamente de que la soberanía petrolera siga siendo un camino hacia la emancipación nacional.

Es cierto que, como ha señalado el presidente en reiteradas ocasiones, México pasó en treinta años de ser un puntero en la producción de crudo y sus derivados a depender de Estados Unidos para abastecer parte de su mercado interno de combustibles. También es cierto que hay muchísimas compañías extranjeras interesadas en aprovechar la producción de Pemex y es verdad que esto pone en riesgo la soberanía nacional. Lo que es dudoso es que, más allá de defender el petróleo nacional, como lo plantearon tanto el presidente como sus colaboradores más cercanos durante sus jornadas de oposición a la Reforma Energética impulsada por Enrique Peña Nieto, exista algún beneficio en hacer del petróleo pilar de un proyecto para transformar a la nación.

A diferencia de lo que sucedía en la época de Lázaro Cárdenas, hoy, el petróleo está en declive. En los años treinta y cuarenta, se trataba todavía de una fuente energética innovadora, por lo que apostarle al petróleo era apostarle al progreso. Hoy, eso es historia. Décadas de contaminación, agotamiento de pozos e introducción de prácticas polémicas como el “fracking“, han despojado al petróleo del halo de santidad progresista que lo revestía a mediados del siglo XX.

Aún así, cuando a nivel internacional se empieza a hablar de aprovechar otras tecnologías, el proyecto presidencial de Andrés Manuel López Obrador contempla como uno de sus ejes la construcción de una megarefinería en la región de Dos Bocas, Tabasco. Semanas atrás, cuando anunció su paquete económico para la recuperación nacional dada la pandemia por COVID-19, algunos analistas sugirieron que podría haber eliminado la refinería y utilizar ese recurso en estrategias para la reactivación económica. El presidente se negó.

Días después, Rocío Nahle, secretaria de Energía, protagonizó una polémica durante una reunión con la Organización Mundial de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). De acuerdo con los registros, la funcionaria se negó a aceptar un recorte significativo a la producción de petróleo nacional con el propósito de elevar los costos globales. Al final, el gobierno estadounidense intervino a favor de México y asumió esa reducción como propia, pero esto no zanja la cuestión evidente: el gobierno federal continúa aferrándose al petróleo como una estrategia de consolidación económica y política.

Hoy, con los precios del barril por los suelos, es difícil saber qué impacto habrá para la economía nacional, que se ha diversificado lo suficiente como para que un colapso en la cadena de producción petrolera no sea una amenaza tan grave como podría pensarse. Lo que sí es un hecho es que, si las cosas no cambian pronto, la que un su momento fue una de sus insignias, podría convertirse en uno de los mayores lastres y talones de Aquiles de la “Cuarta transformación” ¿Para que “invertir” en una refinería, cuando hay barriles vendiéndose a menos dos pesos?

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