Beirut, una ciudad resiliente


Por Staff Códice Informativo el 05/08/2020
 Beirut, una ciudad resiliente

Foto: @carolecadwalla

Para las víctimas de la explosión en Beirut y para la comunidad libanesa de México   Líbano es un país complicado. Para empezar, se trata […]

Para las víctimas de la explosión en Beirut y para la comunidad libanesa de México

 

Líbano es un país complicado. Para empezar, se trata de la única nación en todo medio oriente -y el mundo árabe- que no es mayoritariamente musulmana. Desde la declaración de la independencia libanesa en 1943, los poderes públicos se reparten, por decreto constitucional, entre los cristianos -divididos a su vez en más de diez denominaciones, aunque con predominio de los católicos maronitas- y los musulmanes, de mayoría sunita, aunque con importantes enclaves chiítas en la región sur del país.

A esto, hay que sumarle también la inestabilidad que históricamente ha permeado entre sus vecinos. Como primer ejemplo de esto tenemos a Israel, un estado que lleva más de medio siglo en disputa con el pueblo palestino, emparentado con los libaneses y asentado en el Levante prácticamente desde la época romana. Al norte, las cosas no son mucho mejores, pues el vecino es Siria, un país que lleva diez años en guerra civil y bajo la permanente amenaza de los yihadistas. Todo esto, obviamente ha funcionado como detonador de interminables conflictos que terminan atravesando al Líbano.

El primero de esos conflictos se manifestó de manera palpable durante la década de los setenta. En aquel entonces, con la Guerra Fría en pleno apogeo, las tensiones entre musulmanes y cristianos llegaron al punto de lo intolerable en el país levantino. Como consecuencia de estas tensiones, Beirut, capital del país y espejo fiel de la diversidad cultural libanesa, terminó prácticamente destruida. Lamentablemente, el fin de la guerra civil en 1990 estuvo lejos de significar una paz duradera para la ciudad.

Una década después, Beirut volvió a verse asolada debido a cuestiones geopolíticas. Las tensiones entre Líbano e Israel se habían incrementado en forma dramática debido al apoyo que Hezbollah, una organización chiíta mostraba hacia la causa palestina, llegando al uso de la violencia contra ciudadanos y ciudadanas israelíes. Aunque Hezbollah se considera a sí misma más un grupo insurgente que una asociación terrorista y tanto sus métodos como su ideología distan mucho de los de organizaciones como Al Qaeda e ISIS (ambas de adscripción sunita), tanto los Estados Unidos como Israel la consideran un grupo peligroso y se relacionan con la organización como lo harían con un gobierno enemigo.

Esta situación tornó particularmente la vida de los libaneses durante la primera década del siglo XXI, pues en las calles de ciudades como Beirut, se volvieron habituales los coches-bomba y las explosiones en edificios. El punto máximo en este conflicto se alcanzó en 2006, cuando las acciones de Hezbollah y Hamás, otro grupo paramilitar opuesto a Israel, culminaron con una guerra de 34 días entre ambos países.

Los años posteriores probaron ser relativamente tranquilos y Beirut alcanzó una prosperidad que no había visto en décadas. Todo parecía ir por fin sobre rueda hasta que un nuevo fantasma apareció en el horizonte: La Guerra Civil Siria. La violencia que se desató en Siria entre el régimen de Bashar Al Assad y diferentes grupos rebeldes, provocó un severo afluente de refugiados y amenazó con sumir a Líbano una vez más en un curso de inestabilidad y conflicto. Por fortuna, esto nunca pasó de una mera amenaza espectral y mientras la mayoría de sus vecinos vivían situaciones cada vez más tensas, los libaneses gozaban de una relativa paz, interrumpida de tanto en tanto por esporádicos ataques terroristas.

Fue por eso que tantos vieron con sospecha la monumental explosión que se desató el 04 de agosto, aunque al final reveló tener un origen absolutamente fortuito. La versión oficial es que primero explotó una bodega de pirotecnia y que el percance alcanzó después un almacén de nitrato de sodio en el puerto de Beirut. Cuando las llamas alcanzaron el almacén, se produjo una detonación tan severa que la onda expansiva atravesó toda la ciudad y formó un hongo que usuarios en redes sociales compararon con el de Hiroshima.

Por supuesto que los daños en la capital libanesa distan aún mucho de la magnitud que tuvieron los provocados por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Una detonación atómica es una detonación atómica. Esto fue algo más simple y, sin embargo, tuvo un costo humano que nadie debería pagar. El primer reflejo de este costo se encuentra en el número de muertos, que superan el centenar, mientras los hospitales de la capital permanecen abarrotados con miles de heridos. No obstante, lo que más impactará a largo plazo a la ciudad son las 300 mil personas que, a decir de las autoridades libanesas, se han quedado sin casa debido a la explosión. Para que nos hagamos una idea, es como si toda la población de Celaya, o un tercio de la de Querétaro, se quedara de golpe sin hogar.

El reto que esta situación plantea es enorme, pero los libaneses y libanesas han demostrado que son pueblo de retos. No por nada, quienes han emigrado fuera de su país han alcanzado posiciones destacadas dentro de las sociedades que los acogieron, incluída la mexicana. Por supuesto que, dados los antecedentes históricos, no han faltado quienes a toda costa buscan encontrar culpables o conspiraciones, pero el hecho es que hasta ahora todo parece indicar que fue un hecho fortuito, un golpe de mala suerte a un país que ya la ha pasado dura. Lo único que nos queda es desear la mejor de las suertes a un pueblo que, después de todo, puede trazar su tenacidad hasta la de los fenicios un pueblo que comparte su etimología con “Fénix”.

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