El impacto del mandato del “autocuidado” y la mala concepción del “bienestar emocional”

Aunque en la actualidad se han abierto espacios para debatir la relevancia de la salud psíquica, cabe preguntarse si verdaderamente hemos alcanzado una transformación real […]
Aunque en la actualidad se han abierto espacios para debatir la relevancia de la salud psíquica, cabe preguntarse si verdaderamente hemos alcanzado una transformación real y tangible en este campo. ¿Se nos presenta un autocuidado viable y compasivo, o hemos construido una nueva tiranía normativa?
Lejos de ofrecer un alivio, esta noción corre el riesgo de transformarse en una meta perfeccionista incluida dentro de una lista inagotable de exigencias cotidianas. El discurso hegemónico de la autoayuda nos ha enseñado que el bienestar emocional es una conquista individual e hiper independiente, alejándonos de una visión del cuidado como un acto colectivo.
Literatura científica actual nos empieza a mostrar las consecuencias de perpetuar estas malas concepciones sobre salud mental, teniendo como resultado una tendencia a la evitación experiencial, a la baja tolerancia al malestar, a la baja percepción de autoeficacia para afrontar las adversidades intrínsecas de la vida y, como consecuencia, al aislamiento y la defensividad.
Por su parte, cuando a una persona que vive con cualquier trastorno psicológico se le insiste en que “debe gestionarse mejor” o “poner límites“, la prescripción funciona como una condena, ya que vivir con cualquier diagnóstico formal de salud mental impacta directamente las funciones necesarias para sostener cualquier rutina: la energía, la planificación, la autoeficacia, etc. Por lo tanto, si no mejora se asume que ha fallado en su responsabilidad personal.
Este fenómeno también alcanza al personal sanitario. En donde los contextos donde se forman y operan, muy frecuentemente naturalizan la sobreexigencia y el desgaste; tanto a profesionales y estudiantes de la salud se les atribuye la obligación de poseer recursos suficientes para procurarse su propio bienestar. Por lo tanto, es prioritario desmontar esta cultura distorsionada de la salud mental y transitar hacia una que comprometa la responsabilidad de las instituciones, que destaque el papel de los sistemas de cuidados y evite discursos revictimizantes.
Cuidarse es una práctica fundamentalmente relacional, clínica, contextual y estructural. Implica reconstruir la capacidad de pedir ayuda, cultivar comunidades donde el sufrimiento no sea penalizado y entender que el bienestar personal está relacionado directamente con el bienestar de quienes nos rodean. Debemos transitar de un modelo que pregunta individualmente: ¿por qué no te estás cuidando?, a una visión colectiva y probablemente incómoda que cuestione a las instituciones: ¿qué condiciones estructurales, afectivas y materiales estamos construyendo para que cuidar y ser cuidado sea verdaderamente posible?
Mtra. en Psic. Athena Adoración Flores Torres, psicóloga clínica y de la Salud / profesora de cátedra de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro.
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