Entre barro y cariño, Eva Servín hizo una gran familia de artesanos en Villa Progreso
Durante 28 años en Villa Progreso, Eva Servín Morales convirtió su taller de cerámica en una fuente de empleo para la comunidad, pero también en un segundo hogar donde cuidó a los hijos de sus trabajadoras y vio crecer a jóvenes que hoy son profesionistas
Eva Servín aprendió a trabajar la cerámica cuando era adolescente. 45 años después, el barro sigue pasando por sus manos, pero entre moldes, colores y hornos también han pasado generaciones enteras de una familia que, aunque no comparte su sangre, ella siente como propia.
“Me tocaba también hacer la de mamá, darles de comer”, recuerda Eva, de 60 años, al hablar de los hijos de sus trabajadoras que crecieron dentro del taller de Villa Progreso.
Cuando sus madres estaban ocupadas, Eva los cuidaba. Les daba de comer, los bañaba y estaba pendiente de ellos. Algunos llegaron siendo bebés y hoy son jóvenes con una carrera profesional.
“Me siento muy orgullosa que pues ya estos jóvenes pues tuvieron este sus mamás tuvieron el recurso para ponerlos a estudiar”, cuenta.
Y al mirar hacia atrás, entre los recuerdos de aquellos niños que llegaban al taller, Eva se sorprende del paso del tiempo: “Digo, ay, ¿en qué momento pasó todo tan rápido?”.
Una familia que creció con el taller
La historia comenzó mucho antes de que el taller tuviera 29 trabajadores. Eva aprendió el oficio de su hermano y, después de llegar desde la Ciudad de México, hace 28 años instaló su propio espacio de trabajo en Villa Progreso, en Ezequiel Montes.
Al principio eran ella, su esposo y su hijo. Su cuñado les prestó el terreno para comenzar y, cuando pudieron contratar a alguien más, Eva comenzó a enseñar lo que había aprendido.
“Yo enseñé a las primeras”, recuerda.
Con los años, esas primeras trabajadoras se convirtieron también en maestras. Ahora son ellas quienes enseñan a las nuevas integrantes del taller.
“Ya las que yo les enseñé, ya ellas son las que les enseñan a las que entran nuevas”, explica.
Hoy son 29 personas las que trabajan ahí, principalmente mujeres de la comunidad. Para Eva, el taller representa mucho más que una fuente de ingresos.
“Nosotros pues ya llegamos aquí a dar pues trabajo aquí a la comunidad”, señala.
Algunas de sus trabajadoras llegaron sin estudios y encontraron en la cerámica una forma de sostener a sus familias. Eva ha visto cómo ese trabajo permitió que sus hijos estudiaran y alcanzaran una profesión.
Es una historia que ella cuenta con orgullo, porque durante años no solamente enseñó a hacer cerámica: también acompañó a las familias que se fueron formando alrededor del taller.
Diez manos detrás de cada pieza
La cerámica comienza desde cero. Preparan la pasta, llenan moldes de yeso y después cada pieza pasa por un proceso de rebabado, marcado, pulido, decoración, aplicación de colores, esmaltado y horneado.
El taller tiene más de 350 productos diferentes y produce cientos de piezas. Eva calcula que de un horneado pueden salir entre 200 y 300, y el horno trabaja aproximadamente tres veces por semana.
Pero para ella, ningún número alcanza para explicar lo que significa una pieza terminada.
“Una sola pieza por pequeña que sea la elaboraron 10 manos de personas artesanas”, dice.
Por eso, cuando algún visitante considera que una pieza es demasiado cara, Eva prefiere mostrarle lo que hay detrás del precio.
Los visitantes pueden recorrer el taller y conocer cada etapa del proceso. Después, asegura, muchos entienden por qué no está dispuesta a rebajar sus precios.
“Muchas veces que conozcan el proceso, eso cambia la mentalidad de las personas”, afirma.
El arte que pasa a la siguiente generación
Las piezas de Eva Servín llegan a distintos puntos de México y el taller también ha comenzado a abrirse camino en plataformas digitales. Sus hijos participan en las redes sociales, la comercialización y la búsqueda de nuevos mercados, incluida la posibilidad de exportar.
Eva, mientras tanto, continúa concentrada en lo que mejor sabe hacer: crear.
“Yo me dedico más al arte”, dice.
El relevo generacional ya comenzó. Sus hijos llevan las nuevas herramientas mientras ella conserva el conocimiento de décadas de oficio.
Pero quizá su mayor legado no esté solamente en las piezas que ha creado ni en los premios que ha recibido.
Está en las mujeres que aprendieron un oficio con ella. En los niños que crecieron bajo su cuidado. En las madres que encontraron un ingreso para sacar adelante a sus familias. Y en aquellos pequeños que un día llegaron al taller y que hoy, ya adultos, llevan consigo una parte de esa historia.
En Villa Progreso, Eva Servín lleva 45 años trabajando la cerámica. Pero, sin proponérselo, también lleva décadas haciendo algo más: construir una familia alrededor del arte.





