Provocar la Cohesión Nacional

La movilización nacional encabezada por la presidenta buscó reforzar la cohesión política y recuperar narrativa pública, utilizando el discurso sobre el injerencismo extranjero en un contexto marcado por desafíos internos y desgaste en la aprobación gubernamental.
Hay actos políticos que dicen más por su forma que por su contenido, y el mensaje de la presidenta desde el Monumento a la Revolución, replicado simultáneamente en las 32 entidades del país, pertenece a esa categoría. No fue solo un informe, ni un aniversario más en la ya larga tradición de celebraciones oficiales del partido en el poder; fue, sobre todo, una demostración de músculo territorial y de narrativa política en un momento en el que ambas cosas resultan especialmente necesarias.
La decisión de descentralizar el evento, de pasar del Monumento a la Revolución, a las plazas públicas de todo el país, no es menor: transforma un acto simbólico en una operación logística de escala nacional que exhibe capacidad de movilización, disciplina organizativa y control político. Pero también diluye la frontera entre gobierno y partido, una línea que, en teoría, debería ser más nítida.
El contenido del mensaje, por su parte, siguió el guion esperado en cualquier informe: una revisión optimista del estado de las cosas, énfasis en avances económicos y sociales, y una narrativa de continuidad. Sin embargo, lo que llamó la atención fue el peso desproporcionado que se dio a un tema intangible pero políticamente eficaz: el injerencismo extranjero. No es un recurso nuevo en la historia política, ni de México ni del mundo, pero sí uno que aparece con mayor frecuencia cuando los gobiernos enfrentan tensiones internas que no logran procesar del todo en el terreno doméstico. En ese sentido, el discurso no solo habló hacia afuera, sino, sobre todo, hacia adentro.
La idea de un “enemigo externo” tiene una lógica conocida en la ciencia política: el efecto de cohesión nacional frente a la amenaza. Cuando un liderazgo logra instalar la percepción de riesgo externo, las diferencias internas tienden a atenuarse y la figura del jefe de Estado se fortalece como símbolo de defensa colectiva.
No es casualidad que este recurso haya sido utilizado en contextos tan distintos como la Segunda Guerra Mundial, las tensiones comerciales contemporáneas o los conflictos geopolíticos recientes. Tampoco es casualidad que, en el caso mexicano, el referente implícito sea Estados Unidos.
Ahora bien, eso no significa que la premisa sea completamente artificial. La relación México–Estados Unidos es, por definición, compleja y asimétrica, y existen múltiples precedentes de cooperación judicial, persecución transnacional del delito e incluso presiones políticas indirectas. Casos de exgobernadores procesados, funcionarios de alto nivel enjuiciados o investigaciones binacionales forman parte de una realidad estructural derivada de una frontera compartida y de mercados ilícitos integrados. Pero reconocer esa complejidad es distinto a convertirla en eje central del discurso político interno.
Aquí es donde el contexto importa. Diversas encuestas recientes han mostrado una caída relevante en los niveles de aprobación presidencial, de 15 puntos en promedio. Más allá de las diferencias metodológicas, la consistencia en la tendencia sugiere un desgaste real, probablemente asociado a temas de seguridad, gobernabilidad y percepciones de corrupción. En ese escenario, el endurecimiento del discurso hacia factores externos puede leerse como una estrategia para reencuadrar la conversación pública: desplazar el foco desde los problemas internos hacia una narrativa de defensa nacional.
El riesgo de esta estrategia es doble. Por un lado, puede resultar efectiva en el corto plazo, reactivando apoyos y reforzando la identificación emocional con el liderazgo. Por otro, puede erosionar la calidad del debate público si sustituye el análisis de problemas concretos por una lógica de confrontación simbólica. En otras palabras, puede fortalecer políticamente al gobierno mientras debilita institucionalmente la deliberación democrática.
Además, la escenografía importa tanto como el discurso. Ver a funcionarios públicos participando en actos claramente partidistas, en horario y condiciones que no parecen estrictamente institucionales, alimenta la percepción de que el aparato del Estado se utiliza como extensión de una estrategia política. Esto no solo tiene implicaciones legales o éticas, sino también de confianza: cuando las instituciones se perciben como herramientas de un proyecto político específico, su legitimidad se vuelve más frágil ante quienes no comparten ese proyecto.
Al final, el mensaje del domingo no debe leerse únicamente por lo que dijo la presidenta, sino por el momento en que lo dijo y la forma en que decidió decirlo. Fue un acto de comunicación política diseñado para recuperar narrativa, cohesionar bases y proyectar fortaleza en un contexto de desgaste.
La pregunta relevante no es si la estrategia es comprensible, sino si será suficiente para revertir tendencias más profundas. Porque, tarde o temprano, ningún enemigo externo puede sustituir la evaluación interna que los ciudadanos hacen sobre la seguridad, la economía y la calidad de su vida cotidiana. Y es ahí, lejos de las plazas llenas y los discursos encendidos, donde realmente se define la estabilidad de cualquier gobierno.
Paul Ospital
Diputado local por la LX Legislatura del Estado de Querétaro. Maestro en Gobierno y Políticas Públicas y licenciado en Ciencia Política y Administración Pública. Se ha desempeñado en diversos cargos dentro del Partido Revolucionario Institucional a nivel local y nacional. Ha participado en paneles de análisis y discusión en distintos medios de comunicación y actualmente participa en una veintena de medios como columnista y colaborador.


