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4 horas al día

Por Paul Ospital - 18/03/2026

Las ideas expresadas en las columnas, así como en otros artículos de opinión, no necesariamente corresponden a la línea editorial de Códice Informativo, y solo son responsabilidad del autor.

Imagina vivir con solo cuatro horas de electricidad al día. No porque una tormenta haya tirado líneas, ni porque una empresa eléctrica falló en el […]

 4 horas al día

Imagina vivir con solo cuatro horas de electricidad al día. No porque una tormenta haya tirado líneas, ni porque una empresa eléctrica falló en el mantenimiento, sino porque un sistema político decidió hace décadas que la ideología debía mandar más que la realidad.

En Cuba, hoy, eso no es una exageración ni un recurso literario: es la rutina. Un día cualquiera comienza con el zumbido del ventilador que se apaga de golpe, el refrigerador que deja de enfriar, el teléfono que no termina de cargarse. Cuatro horas de luz condensan todo lo que muchos queremos hacer en veinticuatro: trabajar, cocinar, estudiar, bañarse sin miedo a quedar a oscuras. Todo lo demás, las veinte horas restantes, transcurre entre la oscuridad y la resignación.

En Querétaro, o en casi cualquier ciudad mexicana, un apagón de dos horas en una colonia suele ser comun, tema de queja, de llamadas al número de emergencia. En Cuba, se va la luz en toda la isla, y ya nadie llama a ningún número. Llamar, de hecho, no serviría de nada: no hay electricidad suficiente para responder.

Esta catástrofe silenciosa tiene muchas causas, escasez de combustible, falta de inversión, redes eléctricas obsoletas, pero hay dos raíces que la explican mejor que cualquier gráfico técnico. La primera: ocurre cuando la ideología se convierte en dogma, cuando un régimen insiste en sostener principios que la historia, la economía y la experiencia ya han desmentido. En Cuba, el sistema energético estatal es una metáfora de su propio modelo político: oxidado, cerrado, sin incentivos, agotado por dentro pero sostenido por el discurso del sacrificio revolucionario. Los apagones son, literalmente, las sombras de una fe que no da luz.

Durante décadas, el gobierno cubano prometió que la resistencia era virtud y la escasez, dignidad. Pero ningún ideal sobrevive al calor de un verano sin ventilador ni refrigerador. Lo que alguna vez fue una causa hoy se ha vuelto condena. Cuando la ideología se administra como religión civil, todo problema se vuelve moral y toda crítica, traición. En ese punto, la técnica falla porque la política se niega a aprender. Ninguna planta termoeléctrica puede funcionar sin mantenimiento, ni ningún país puede sobrevivir sin reformarse. Cuba no sufre solo un colapso energético, sino una negación prolongada de la realidad.

La segunda raíz del apagón cubano está fuera de la isla, en otro populismo de signo opuesto pero de la misma especie. El embargo de Estados Unidos, endurecido bajo la presidencia de Donald Trump, cerró las últimas válvulas por donde Cuba podía respirar económicamente. Mientras el populismo cubano insiste en que todo mal proviene del “imperio”, el populismo trumpista necesitó reafirmar el bloqueo como gesto de dureza ideológica. Ambos discursos se alimentan mutuamente, se justifican el uno al otro: el enemigo externo preserva el relato interno. En el choque de esos dos fanatismos, se apagan once millones de vidas.

Así, mientras los políticos en Washington discuten sanciones y los burócratas en La Habana repiten consignas, una madre guarda los restos del almuerzo para que no se echen a perder antes de que regrese la energía; un niño hace la tarea a la luz de una vela; un médico intenta conservar medicamentos sin refrigerador. Los apagones no son solo una falla técnica, son una metáfora del costo humano de la política entendida como guerra de trincheras ideológicas.

Imaginar, desde la comodidad eléctrica de Querétaro, cómo sería vivir con cuatro horas de luz al día es un ejercicio de empatía, pero también de advertencia. Porque los apagones cubanos no nacieron de la noche a la mañana, sino de una acumulación de certezas absolutas, de gobiernos que confundieron lealtad con inteligencia y frontera ideológica con verdad. El dogma, de cualquier signo, oscurece porque prohíbe el cambio. Y cuando los populismos se enfrentan, los pueblos quedan en penumbra.

En Cuba, el futuro literalmente se apaga cada noche. Pero el mensaje que deja su oscuridad debería iluminar a otros: ninguna causa vale tanto como para condenar a un país entero a vivir sin luz. La energía que falta en Cuba no es solo eléctrica, es la de la esperanza que se extingue cuando la política se olvida de servir a las personas y se dedica, únicamente, a sostener un relato.

Paul Ospital

Diputado local por la LX Legislatura del Estado de Querétaro. Maestro en Gobierno y Políticas Públicas y licenciado en Ciencia Política y Administración Pública. Se ha desempeñado en diversos cargos dentro del Partido Revolucionario Institucional a nivel local y nacional. Ha participado en paneles de análisis y discusión en distintos medios de comunicación y actualmente participa en una veintena de medios como columnista y colaborador.


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