“Mirar hacia el futuro para pensar de forma pertinente el presente”, propone Verónica Gerber


Por Staff Códice Informativo el 12/10/2021
 “Mirar hacia el futuro para pensar de forma pertinente el presente”, propone Verónica Gerber

La escritora visitó Querétaro la semana pasada para presentar, en el Museo de la Ciudad, uno de los más recientes títulos de la editorial Gris Tormenta, En una orilla brumosa.

Por Dafne Martínez y Jaime He

Verónica Gerber Bicecci (Ciudad de México, 1981) se define a sí misma como una “artista visual que escribe”. Su trabajo transita entre estas dos disciplinas, dando lugar a una de las propuestas literarias más originales dentro del panorama de las jóvenes letras mexicanas.

El pasado viernes, la escritora visitó Querétaro para presentar uno de los más recientes títulos de la editorial Gris Tormenta, En una orilla brumosa. Dicho libro, editado y prologado por Gerber Bicecci, reúne una serie de textos y ensayos especulativos que buscan repensar los futuros de las artes visuales y la literatura, e incluye a autores como Ariel Guzik, las Redes Comunales Mixes + Yásnaya Aguilar Gil, y Ursula K. Le Guin.

Nuestros editores, Dafne Martínez y Jaime He, se reunieron con Verónica para charlar sobre algunos de los temas que atraviesan y sostienen el libro.

JH: Pensar en el futuro o en los futuros posibles puede modificar el futuro. Pero el hecho de jamás cuestionárnoslo puede tener, incluso, repercusiones peores. Como artista plástica y escritora, ¿qué repercusiones tiene en tu obra pensar en el futuro?

VGB: Me resuena mucho esto que dices de que pensar en el futuro lo transforma. Creo que, en ese sentido, mi respuesta tendría que ver con una necesidad de transformar la práctica tratando de pensarla de un modo más pertinente con el presente. Sí, mirar hacia el futuro para pensar de manera más pertinente el presente. Muchos de los textos de la antología van por ese camino. Proponen ideas muy interesantes sobre cómo repensar la práctica artística, ya sea literaria, visual, o la combinación de ambas. Todavía no sé exactamente cómo se verá afectada, pero sin duda todos los textos me han hecho reflexionar sobre temas en los que no había pensado, y eso eventualmente espero que se refleje en mi obra.

JH: En el ensayo de Eugenio Tiselli se describe a unos “científicos” que creían que todas las cosas estaban hechas de números. Esto me hace pensar en todos esos términos nuevos que hemos ido incorporando a nuestro lenguaje; hoy en día decimos que tal publicación tuvo 200 likes, que nuestro televisor es 4K Ultra HD, que nuestro Instagram va a llegar a los 10 mil followers. Todo con números, como aquellos “científicos. ¿Por qué a muchos les resulta sencillo adoptar nuevos términos como estos, pero se les hace inconcebible, por ejemplo, decir todes? ¿En qué medida la supuesta “defensa del lenguaje” la llevamos a cabo solo cuando esta favorece nuestras ideologías?

VGB: Es una buena pregunta. El otro día estaba escuchando por puro morbo una mesa de diálogo en la que había varios personajes, todos ellos en contra del lenguaje incluyente o inclusivo, y los argumentos no lo eran del todo, al menos no para mí. Desarrollaban una serie de falacias que me asustan. Luego de escucharlos, hasta ahora mi única conclusión sobre el tema es la siguiente: a la cultura siempre se la considera no conservadora. Se piensa que en la cultura sucede las nuevas ideas, los nuevos pensamientos, las nuevas palabras, y que la gente que hace cultura es gente de mente flexible, de mente permeable o abierta. Supongo que para quienes les parece incorrecto el uso del lenguaje incluyente lo que más les debe molestar es la idea de quedar del lado de los conservadores. Y a veces pienso que por eso es tan fuerte su negativa a intentar usarlo.

Comparto una idea de la lingüista Violeta Vázquez Rojas, que dice que el lenguaje incluyente es una licencia política. Si en la literatura podemos usar licencias poéticas, ¿por qué no podemos también emplear licencias políticas? El uso de la e, la i o la x puede ser eso, una licencia política en el lenguaje.

JH: En el ensayo de Daniela Franco, ella cita a Kenneth Goldsmith, cuando este hace una llamado a la literatura a imitar al arte contemporáneo. Goldsmith dice: “Si las artes visuales hicieron las pases con Duchamp y la música hace lo propio con las Plunderphonics y la ubicua práctica del sampleo, ¿qué pasa con la literatura? ¿Por qué la apropiación directa no se ha vuelto una práctica literaria válida, apoyada o por lo menos experimentada?”

¿Crees que la literatura peca de conservadora o puritana? ¿Crees que se ha quedado relegada con respecto a otras disciplinas artísticas?

VGB: Para empezar, yo ya tengo problemas con el concepto de apropiación como tal. Claro que es muy importante. Marcó a las artes del siglo XX, no lo estoy desestimando. Solo creo que hay que comenzar a pensarlo de otras maneras. A mí me gusta pensar en la idea del compostaje, para las escrituras, que se me hace otra manera de pensar en este siglo y actualizar o resituar la idea de apropiación del XX en el XXI y volverlo un poco más pertinente para los tiempos que corren.

Por otro lado, con respecto al conservadurismo, si tú ves la literatura desde las artes visuales, que es un poco lo que está haciendo Goldsmith en esa frase, desde luego que la literatura queda muy conservadora, pero no creo que necesariamente haga que las artes visuales, o el arte contemporáneo, para ser más específica, no sea conservador, porque también creo que lo es. A lo mejor no en ese sentido, pero podríamos pensar otras maneras en las que igualmente necesita refrescarse, y creo que mucho del texto de Daniela va hacia allí. Ella, en una nota al pie, escribe que su comunicación con Goldsmith, intermitente a lo largo de los años, ha sido para compartir su desilusión frente a la literatura, en el caso de Kenneth, y frente al arte contemporáneo, en el caso de Daniela. Sin duda, desde este tipo de ejercicios la literatura se puede ver muy súper acartonada, pero si nos ponemos a buscar en la historia de la literatura, en las literaturas más periféricas, hay muchísima gente que ha experimentado con su obra. Pienso en las vanguardias, en los escritores que están en medio, entre la literatura y las artes visuales o la literatura y la música, los que se paran en las líneas de los conjuntos que se intersectan son quienes han intentado y siguen intentando proponer cosas que no son en lo absoluto conservadoras, y al final se vuelve una discusión entre el centro y la periferia.

DM: En tu primera novela, planteas la situación de estos artistas que pasan de la literatura a las artes visuales. Posteriormente, en Conjunto vacío haces este ejercicio en donde la escritura comienza a, no sé cómo llamarle, si desdoblarse o trastocarse hasta que se convierte en un tipo de sintagmas completamente diferentes. ¿Tú crees que estamos pasando del logocentrismo a estas otras formas de expresión que quizá no pueden ser encajonadas o inscritas dentro de lo que el lenguaje correcto, con todo lo que esta expresión implica, nos sugiere?

VGB: Lo que yo creo es que eso siempre ha sucedido. Hay una genealogía de estas formas de experimentación, o de resistencia o de crítica, de ruptura. Podemos ir hacia atrás y mirar que en la historia de las artes en general existieron muchos personajes que han intentado y han sostenido eso. No creo que este momento en particular sea así. Trato de pensar en la genealogía, en lo que viene desde atrás. ¿A qué o a quién le debemos esta posibilidad de hacer esos experimentos? A nadie se le ocurre de la nada. Siempre hay un árbol genealógico. Lo que sí he pensado es que, desde mi perspectiva, este momento es un momento caligramático. Me refiero a los modos en los que Foucault leyó a Magritte, por un lado, los modos en lo que él propuso que la obra de Magritte era un caligrama, y esas ideas llevadas al extremo pensándolas, por ejemplo, en los memes y en lo que consumimos en las redes sociales, donde hay estas relaciones imagen-texto. Hay teóricos que han estudiado esto mucho más que yo, que afirman que es la era de la imagen. A mí me gusta pensar que hay una suerte de caligramática en este momento, una relación de ruptura, de tensión o de simbiosis, por decirlo de alguna manera, entre imagen y texto. Y lo veo en todos lados, en la publicidad, en las redes sociales. Hay una manera mucho más evidente de relación imagen-texto de lo que había antes. Por supuesto, es un punto de vista muy personal, desde mi práctica y con los sesgos que me caracterizan.

JH: Ayer por la mañana pasé media hora charlando con Cleverbot, y puedo decir que fue una conversación estimulante. ¿Piensas que el desarrollo de las inteligencias artificiales, el código y la programación (Java y Python) son, hoy en día, una de las fronteras o, digamos, una de las “casetas de cobro” del lenguaje por donde habremos de, irreversiblemente, seguir avanzando?

VGB: No lo sé. Lo que creo es que en el fondo hay una tendencia a dividir a la tecnología de lo humane, cuando en realidad es lo humane o les humanes quienes crean la tecnología. Entonces, en el fondo para mí, más que un camino, es un enorme espejo. Todos somos un poco cyborgs en algún sentido. Todos tenemos alguna extensión cyborg, unas más pegadas a la carne y al hueso, y otras un poco menos, como el celular. Por supuesto que ha cambiado nuestros modos de pensar y de hacer, no podemos negarlo. Pero tampoco sé si es el camino principal. Lo que sí siento, repito, es que es como un enorme espejo en que hay que aprender a ver bien. Algunos son más catastróficos y piensan que será inminente la destrucción cuando la tecnología nos domine, pero eso sería una autodestrucción, desde mi punto de vista. También pienso que tratamos muy mal a la tecnología. No me quiero ni imaginar el nivel de abusos que se deben cometer contra Alexas del mundo. Por eso digo que es un espejo, y hay que ver qué es lo que alcanzamos a ver en esas escrituras reflejadas.

DM: ¿Qué tanto esta contraposición entre humanidad y tecnología es una suerte de reinterpretación del viejo tropo, bastante judeocristiano, que confronta naturaleza y humanidad por un lado, y cultura y naturaleza por otro? ¿Es, de alguna manera, la evolución del mito?

VGB: Pues podría ser. Habría que pensarlo un poco más, pero me gusta mucho lo que dices. Ahora, lo que sí que sucede, y no hay que perder de vista, es que, para que exista la tecnología, esta produce una explotación profunda en la naturaleza y en los seres vivos, humanes y no humanes. O sea que torturamos a la Alexa pero también a los que hacen la Alexa, los explotamos y los esclavizamos.

JH: Daniela Franco sostiene la idea de que “el futuro arte es cíclico”. Curiosamente, el libro comienza (así se titula) y termina con la misma frase. ¿Tú te adscribes a la premisa de que los artistas de todas las épocas se repiten una y otra vez?

VGB: Seguramente hay cosas que se repiten, pero me gusta mucho el concepto del pensamiento situado que propone Donna J. Haraway. Por ejemplo, claro que la historia de amor de Romeo y Julieta se repite, pero si  hoy la reescribieran, tal vez al resituarla en el presente sería la historia, no sé, de una relación tóxica, por decir algo. Lo que quiero decir es que aunque las historias se repiten, no se repiten los tiempos en los que estas suceden. Haraway plantea que tenemos que pensar siempre situados en el contexto en el que está sucediendo o desde dónde estás leyendo eso, que puede estar en el futuro o en el pasado.

DM: Un profesor de historia decía que la historia ni era lineal ni era cíclica, sino que era una espiral.

VGB: Exacto. Todo se repite, regresa, pero no al mismo lugar.

JH: Para terminar, una antología es una constelación de imaginaciones, de escrituras. Cada una de estas escrituras apunta a lugares diversos,  pero si hace bien, una antología en su conjunto comparte un mismo impulso. ¿Cuál fue el reto más difícil o interesante al que te enfrentaste al momento de realizar esta selección de textos?

VGB: La verdad es que los retos más complejos en términos técnicos se los echó todo el equipo de Gris Tormenta, y eso fue fantástico porque son unos másters. Me sentí muy acompañada, no solo por haberme ofrecido una propuesta tan interesante.

De la antología, me interesaba mucho la cuestión intergeneracional, ver cómo podían convivir distintas generaciones y sus diferentes concepciones del futuro. La de alguien como Stanislaw Lem o Ursula K. Le Guin, frente a la de Olivia Teroba o Cecilia Miranda, que es la más joven de la antología.

Por otro lado, me preocupaba que fuera demasiado disímil, que no tuviera una coherencia, porque la invitación que hice era bastante abierta. Yo sugerí a cada une de les autores un abordaje para su texto. Por ejemplo, a Daniela Franco, le propuse que hiciera una curaduría de arte contemporáneo del futuro, cuál sería la temática, las piezas, y ella no hizo eso, lo cual está perfecto. Sin embargo, quizá el hecho de haber sugerido algo ayudó a acomodar algunas conexiones del libro. Aunque hayan hecho algo distinto, a lo mejor hay un hilo mínimo que conecta un texto con el otro. Este reto nunca voy a saber si está resuelto o no, porque en realidad esa tarea queda en manos de les lectores, me parece. Habrá a quien la antología le parezca un poco confusa, y habrá a quien le parezca muy bien ligada, no sé.

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