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»Última llamada para el PRI: renovarse o morir en la antesala de una nueva dirigencia nacional

En este empeño, recorren todo el país y con registro oficial para alcanzar la dirigencia, tres fórmulas que encabezan el ex gobernador de Campeche, Alejandro Moreno – Alito-; la también ex gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega y la veracruzana Lorena Piñón



Por: Staff Códice Informativo
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Foto: Expansión política

El Partido Revolucionario Institucional (PRI), el más antiguo de cuantos operan en México, se tranformó en una institución casi imbatible durante el siglo pasado.

Hoy, el imaginario popular le cuelga toda clase de sambenitos y le atribuye cuanto mal se manifiesta dentro del país. Desde las fallas de la democracia hasta la corrupción y las presuntas tendencias represoras que han mostrado diferentes gobiernos federales, no hay una villanía política de la que no se haga responsable a este partido.

La verdad, como casi en todos los casos, es muchísimo más compleja. Al PRI podemos agradecerle, por ejemplo, que hoy en México no exista una ultraderecha consolidada. También podemos agradecerle que se mantuviera la laicidad del estado y, en general, el desarrollo económico y la estabilidad política y social experimentadas durante la segunda mitad del siglo XX.

Para conseguir estos objetivos y convertirse en lo que Mario Vargas Llosa calificó como una “dictadura perfecta”, el partido se caracterizó durante décadas por algo de lo que sus opositores siempre carecieron: una fuerte unidad y una disciplina interior casi imbatible.

Los procesos internos del partido, desde la renovación de dirigencias hasta la designación de candidturas para los puestos de elección popular, se encontraban sometidos a una maquinaria perfectamente pulida de la que era imposible escaparse. Quien osara desafiar a ese sistema se arriesgaba a no volver a contemplar la luz del día. Esto, por supuesto, era más fácil cuando el partido controlaba los derroteros nacionales y el presidente era casi un tlatoani al que todos debían obediencia y que solo se sometía a las misteriosas y profundas fuerzas que detentaban, en las sombras, el control total del partido.

Hoy, casi veinte años después de la primera derrota federal del PRI en el 2000, y a un año de que Andrés Manuel López Obrador volviera a expulsar a esta fuerza política de Los Pinos, las circunstancias del Revolucionario Institucional son otras.

Con su influencia en el gobierno federal tremendamente disminuida y habiendo perdido en años pasados gubernaturas en estados clave como Veracruz, las potencias políticas del partido hoy dedican toda su energía a una finalidad que, para el que no el que no es militante aguerrido, resulta de lo más banal y hasta ridícula: la renovación de la dirigencia nacional.

En este empeño, recorren todo el país y con registro oficial para alcanzar la dirigencia, tres fórmulas que encabezan el ex gobernador de Campeche, Alejandro Moreno – Alito-; la también ex gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega y la veracruzana Lorena Piñón.

Esta disputa, rara en un partido caracterizado por su discplina interna, ha generado mella en el plano local, pues las dirigencias estatales tienen a sus propios candidatos. Eso es evidente en el caso de Querétaro, donde se han señalado presuntas simpatías del dirigente Juan José Ruiz Rodríguez, hacia Alejandro Moreno, aunque esto no es oficial porque los dirigentes aun no tienen permitido hacer pronunciamientos.

Sea real o no la simpatía de Ruiz Rodríguez hacia “Alito” Moreno, el hecho es que el dirigente estatal ha perdido poder de convocatoria entre sus homólogos municipales, pues a la reunión a la que convocó para exponer las facilidades que dará el partido durante la elección del 11 de agosto faltaron varios integrantes de comités municipales. Esta situación se ha replicado en otras entidades federativas donde, a pesar de existir un candidato favorito, las tensiones internar se perciben de manera muy notoria dentro del partido.

Estos conflictos comenzaron a hacerse palpables cuando Claudia Ruiz Massieu, dirigente nacional, desbarató las pretensiones electorales de José Ramón Narro Robles, exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta movida por parte de Ruiz Massieu terminó con la renuncia de Narro no solo a la candidatura, sino también al partido. No es un baja baladí y en realidad envía un mensaje grave, pues Narro era una figura muy consolidada en el partido y además con amplia credibilidad entre los simpatizantes priistas.

Lo mismo pasó con Ulises Ruiz, exgobernador de Oaxaca e interesado en contender por la dirigencia nacional. Una vez que se desestimó la candidatura de Ruiz con el argumento de que no cumplía los requisitos exigidos en convocatoria, el exmandatario sureño interpuso una queja ante el INE, en la que acusó a su propio partido de falta de transparencia y de pretender imponer a un candidato.

Estas acusaciones no son nuevas para el Revolucionario Institucional. Como señalamos con anterioridad, el inconsciente colectivo asocia típicamente al organismo político con prácticas poco ortodoxas dentro de un esquema democrático. Lo que sí es novedoso es la forma en la que se manifiesta el disenso dentro de la propia estructura política del tricolor.

Lo que vemos ahora son figuras de peso nacional exigiendo democracia y transparencia en el partido. Mucho se habló en el sexenio anterior de la existencia de un “nuevo PRI” ¿Estamos ante este nuevo PRI? y lo que es más importante ¿bastará esto para que el partido sobreviva o son estas estas luchas internas el preludio de su disolución?