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»Cuidar nuestra política exterior en tiempos de elecciones



Por: Staff Códice Informativo
Mexico

Foto: LWYang

Texto: Juan Ascencio

 

La contienda presidencial del 2018 serA? particularmente interesante en materia de política exterior porque hay mucha tela de donde cortar. Los jóvenes internacionalistas, estrechamente vinculados con las tecnologías de la información, podremos desempeñar un papel importante en ese debate. Creámoslo o no, cada tweet o publicación de Facebook refuerza una línea de pensamiento que impacta a nuestro círculo cercano, por eso es fundamental ser responsables con lo que decimos.

México atraviesa por un momento muy interesante en lo que respecta a sus relaciones internacionales. Están en curso negociaciones estratégicas como la actualización del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y del Acuerdo Global con la Unión Europea; se está promoviendo activamente un Pacto Global para Migración y Refugio (un tema que toca muy de cerca al país) y se enfrentan retos serios como la incierta relación con Estados Unidos y su involucramiento en la búsqueda de una solución pacífica a la crisis política de Venezuela.

Si bien para México, como democracia en consolidación, el panorama de política exterior que veremos este año resulta muy positivo, se corre el riesgo de caer en trampas retóricas si los actores más informados solo replican los mensajes que se generan como parte de estrategias de campaña. Es natural tener afinidades y convicciones personales. Puede enojarnos que se critique al gobierno de Nicolás Maduro o que en la ONU no se vote contundentemente en lo que concierne al conflicto palestino-israelí. Emocionarse con lo que pasa en el medio internacional es perfectamente válido, sin embargo, para contribuir a un debate público que evite simplezas, el ejercicio de reflexión es indispensable.

Muy probablemente escucharemos a los presidenciables y sus equipos propugnar por la construcción de una política exterior de Estado, lo cual es una propuesta atractiva, pero susceptible a manipulaciones. Primero porque la construcción de esta no depende de cierto partido político y personaje en el poder, por el contrario, construir esa política exterior es una una tarea colectiva. Tiene que partir de un grado básico de entendimiento común sobre el papel de México en el sistema internacional, el cual se origina cuando la personalidad y el carácter de un país se distinguen en el conjunto de naciones.

Para ayudarnos a definir la identidad internacional de nuestro país hay que mirar al pasado y escudriñar el presente. Preguntémonos, ¿qué modelos ideológicos guiaron los esfuerzos de consolidación de México como una nación independiente y soberana? ¿De que países nos interesaba obtener el reconocimiento? ¿nde se establecieron nuestras primeras embajadas? México, como la mayoría de los países latinoamericanos, fue guiado por los ideales de la democracia liberal que condujeron a la consolidación estatal en Estados Unidos, Francia y otros. Nuestros héroes nacionales creían en valores como la libertad individual, la división de poderes, la laicidad del Estado y libertad de expresión y asociación. Además, la ideología que suscribían también impactaba su visión de la economía y de la convivencia con otras naciones.

Aun con la revolución que experimentamos a principios del siglo XX, esas bases no se cuestionaron. Más bien se intentó, con aciertos y errores, profundizar esa identidad mediante la introducción de medidas más progresistas, lo que permitió a México tender un puente incluso hacia países con gobiernos inclinados al socialismo. Pese a episodios de autoritarismo y conflictividad interna, se tuvo una idea clara de lo que queríamos ser.

Trasladándonos a la época más reciente de nuestra historia, vemos que con mucho esfuerzo y dolor se han logrado importantes avances en temas como derechos humanos, empoderamiento de la mujer, fortalecimiento de las instituciones democráticas, entre otros. Aunque persisten desafíos serios, es conveniente analizar qué modelos políticos y económicos guían actualmente a México y a qué países buscamos parecernos.

Una mirada rápida al camino que el país ha seguido en las últimas tres décadas nos revelará la tendencia a medirnos con respecto a los miembros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Es verdad que México aparece con frecuencia en el fondo de los rankings de la organización, pero eso no es motivo para abandonar esa línea. ¿No quisiera la mayoría de la población altos niveles de educación, productividad laboral, mejor balance vida-trabajo o mayor representación política de la mujer?

México tiene una identidad definida en el sistema internacional. Es un país con un modelo de desarrollo en consolidación, a favor del libre comercio, inserto en la globalización, cuyas posiciones en temas como el cambio climático o el desarme son más cercanas (no iguales, vale precisar) a las de Austria y Noruega que a las de China o India.

Las voces que proponen que nos cerremos al mundo son debatibles. Habrá ideas interesantes como dejar el TLCAN, no participar en el Consejo de Seguridad de la ONU o impedir que ONGs internaciones señalen las fallas de nuestro sistema de justicia. Por lo convulso de los tiempos que corren estas propuestas podrían llegar a parecer atractivas, sin embargo es necesario aportar más elementos a la conversación para que esta sea responsable, pues hay que velar por mantener los aspectos positivos de la identidad internacional de México.

¿Pero cómo navegar el mundo de hoy con personajes hostiles hacia México (Donald Trump, por ejemplo) y la emergencia de gobiernos con ideologías que desafían el modelo político al que el país aspira? Los tiempos difíciles sirven para vernos en el espejo de lo que no queremos ser. Definitivamente no queremos ser un país que criminaliza la migración, que abandona acuerdos multilaterales o que prefiere amenazar en lugar negociar, al contrario. México, aun con límites en cuanto a presencia política y económica, debe seguir contribuyendo a fortalecer un orden internacional basado en normas, en el que se coopere para lograr soluciones a los problemas comunes y se aspire a alcanzar un desarrollo incluyente. Por ello, cada propuesta de campaña debe ser puesta en perspectiva con esta aspiración, mientras que cambios radicales en la identidad internacional del país podrían llevarlo a abandonar esta tarea.

Para concluir esta reflexión, vale la pena recordar la ayuda internacional que México recibió después de los sismos de septiembre del año pasado. En las críticas horas posteriores al sismo de 19 de septiembre, México (visto como Estado, no como un gobierno en particular) pudo con dignidad pedir ayuda a Estados Unidos, Japón e Israel, países que contaban con la tecnología necesaria para apoyar las primeras tareas de rescate. Posteriormente, México recibió asistencia de países ideológicamente diversos como China, Rusia, Suiza, Chile, Venezuela, entre otros.

México no estuvo solo y eso se debe al tipo de actor internacional que ha sido a lo largo de su historia. El sentido último de la política exterior es atraer beneficios del exterior para el bienestar del país. En un mundo interdependiente como el de hoy, un país que se cierra al mundo se vuelve vulnerable. Es entonces vital que exijamos a quienes aspiren a ocupar la presidencia del país que propongan acciones concretas encaminadas a preservar y potencializar los rasgos positivos de la personalidad internacional mexicana.

Así que antes de que el enojo, la simpatía o la lealtad partidista nos lleven a replicar propuestas que suenan atractivas, hay que recordar nuestra responsabilidad ciudadana de aportar argumentos bien informados para generar un debate profundo de nuestra política exterior. El papel de México en el mundo no debe tomarse a la ligera, es una cuestión de Estado y el Estado somos todos.