Cinema Xtremo


Por Staff Códice Informativo el 18/10/2017
 Cinema Xtremo

Foto: Paulina Guerra

Texto: Rafael Volta   A uno deberían enseñarle, desde pequeño, a ir al cine solo. Yo me tuve que acostumbrar cuando quedé huérfano de madre. […]

Texto: Rafael Volta

 

A uno deberían enseñarle, desde pequeño, a ir al cine solo. Yo me tuve que acostumbrar cuando quedé huérfano de madre. El cine era el premio de los domingos, un lujo, un rito. Al volverme adulto, las películas que deseaba ver ya no fueron del agrado de mi padre y hermana. Los intereses de cada uno se expandieron como una granada de fragmentación. Es rara la vez que voy al cine con mi familia. Debe haber en cartelera un gran hit para que todos coincidamos en ver algo.

Los que vamos al cine solos somos solitarios, no perdedores, lo aclaro. El cine es el peor lugar para ligar. Nunca invites a tu ligue a ver una película, es un cliché romántico que se ve en los comerciales. En vez de aprovechar el tiempo conociéndola, quedas con las nalgas dormidas y los ojos calientes de oscuridad. A las chicas se les invita a un museo, a un bar donde se pueda platicar, a una montaña rusa. Nunca voy al cine con un hombre. Tampoco bebo con uno a solas. Prefiero ir al cine solo, incluso chupar solo, en vez de estar mal acompañado.

Ir al cine en pareja es para cuando la relación ya va avanzada, cuando ya has tocado algo. Y no te pesa gastar dos horas y mucho dinero en una comida que de verdad es mala y que, en la soledad, intensifica sus sabores. Las palomitas te saben más saladas, el frappé es más dulce y el hot-dog, más sintético. Cuando vas acompañado, esa comida mala se vuelve ‘perfecta’ porque la compartes. Las palomitas son crujientes, el Icee es ambrosía en tu paladar y no se te congela el cerebro, y el jocho es una auténtica vianda. Incluso olvidas que ciertos alimentos le caen mal a tu estómago. Recuerdo que una vez fui al cine con una chica que me dijo que no iba a pedir palomitas porque le producían gases. Yo sí compré las mías, porque para eso uno puede ir al baño cuando no hay tensión en la película. No pasaron ni diez minutos cuando se le antojaron y se las acabó casi todas. Al salir caminamos hacia el Metrobús y en la segunda estación se bajó casi sin despedirse de mí. Sospecho que ya no aguantaba soltarse. Así que me quedé como al principio, yendo y viniendo al cine, solo.

Lo mejor del cine, en cuanto a la comida y la bebida, es practicar el contrabando. Hasta donde sé no es un delito porque lo que metes escondido no lo robaste, sino que lo pagaste en otro centro de consumo. Sientes la emoción como si traficaras sustancias prohibidas, y estuvieras jodiendo al sistema capitalista opresor. A las chicas con las que he salido les agrada mi propuesta y son mis cómplices. En sus bolsas gigantes, esas que están de moda, he llegado a meter: un combo de alitas, diez latas de whisky y ron, una botella de vino tinto con dos copas y descorchador, papas fritas, chicles y chocolates. Y no es porque no tenga para pagar lo que venden en dulcería, lo aclaro, sino porque es más divertido ser el chico malo con la chica buena. Mi cuñado, que un tiempo trabajó como gerente de un cine, llegó a encontrar huesos de pollo rostizado y restos de salsa y tortillas. Uno contrabandea porque la comida que venden en el cine no tiene sazón, es atonal y plástica. En los cines VIP, a pesar de las crepas, el sushi y el café, aún falta el ingrediente especial. El cine nunca será el restaurante al que vamos los domingos con la familia, ni el bar al que vamos con los amigos el viernes en la noche.

El último martes de este agosto lluvioso y de clima destruido, fui al cine con el corazón un poco nublado. La chica que me gusta no me quiso acompañar al Xtreme Cinema de Zaragoza. Los que vamos al cine solos somos, muy de vez en cuando, perdedores. Atraído por los rumores de que ahí espantan, de que en las butacas hay chinches, de que en los pasillos las ratas pelean por las palomitas, fui a ver La torre oscura –basada en las novelas del maestro Stephen King– en la función de las 21:50. Hacía más de veinte años que no paraba por esa plaza comercial. Cuando era un niño, allá en los ochentas, el cine de Zaragoza, junto con el de Plaza de las Américas, eran los chidos de la ciudad. El cine de la Comer, el cine de Gigante. A pesar de que cuentan con pantalla digital, hoy las salas se ven rebasadas por otras cadenas. Han pasado a ser cines B. La entrada me costó 30 pesos y, con un combo de palomitas, refresco, chocolate y hot-dog, me gasté en total 131 pesos.

Confieso que me sugestiono fácilmente. Entré con mi carro por el estacionamiento subterráneo. Había tres coches nada más. Me dio tranquilidad ver, a través de un cristal, a un montón de deportistas pedaleando la bici en el gimnasio de la plaza. La chica de la taquilla-dulcería fue amable, me dijo que ese era el día más flojo y que los miércoles y los fines de semana se llena. Cuando entré a la sala me llevé la primera sorpresa: era amplia y magníficamente oscura. Las tiras de LED’s evitaron que me tropezara, no había arbotantes en las paredes para iluminar un poco más. No lo consideré necesario. Me gusta la oscuridad y el frío. Soy invernal. Recuerdo que los cines antes eran así: unas cavernas para ver ficción. Sin duda alguna esta sala es la mejor para ver cine en Querétaro y pide a gritos ciclos alternativos, de arte y terror.

Entramos a la función seis personas. Un trío que se sentó hasta arriba de la sala y que se la pasó chacoteando, una pareja diez filas adelante de mí (no alcancé a ver lo que hacían pero por lo menos no hacían ruido), y yo, que me senté en el primer nivel y volteé a todos lados para ver si no había alguien detrás de mí, o sentado al lado. La oscuridad era total, como si estuviera en un agujero galáctico, en un portal hacia la nada, y esa nada se alumbró cuando en la pantalla inició la proyección. El ruido que se filtraba por las paredes, proveniente de la sala contigua, me sugestionó todavía más. Parecían ecos de voces de otro mundo, distorsionadas, murmullos de entes desconocidos deslizados por el suelo.

Después de quince minutos de publicidad oficial, la película empezó y me dejé llevar. Al salir ya casi era medianoche. Los deportistas ya no estaban. Las bicis solitarias esperaban que alguien excitara sus pedales. El súper estaba cerrado y las escaleras eléctricas hacia el primer piso estaban bloqueadas por carritos. Había solo un guardia, a quién le pregunté dónde podía pagar mi boleto. Me indicó con un tono desvelado que el cajero estaba «por una Michoacana dando vuelta a la izquierda». Me dirigí hacia la calle, tuve que cruzar todo el estacionamiento vacío; parecía una plancha de concreto, un fragmento de un laberinto infinito atascado por el ruido de las máquinas que proveen de aire acondicionado y electricidad a la plaza. Un ruido seriado y anárquico de motores que devoraban aire y controlaban un flujo invisible que me mantuvo bien alerta. Era el escenario ideal para que se apareciera un payaso asesino haciendo bromas de mal gusto.

Tuve que salir de aquella atmósfera, amplia y claustrofóbica a la vez, por la única puerta que dejaron abierta a esas horas, y que da al estacionamiento a cielo abierto. Ahí, a veinte pasos, estaba el cajero automático para pagar el boleto y poder huir. Me sentí todavía más solo que cuando llegué. Estar solo y en la oscuridad en una noche lluviosa de agosto con el corazón humedecido no se los recomiendo. Inserté lo más rápido que pude las monedas y fui de regreso hacia el estacionamiento, al ruido de las máquinas. Si existieran portales en el espacio-tiempo, el Xtreme Cinema de Zaragoza es un lugar perfecto para que se aparezca un zombie, un Terminator del futuro, un secuestrador, un depredador sexual, un terrorista, un suicida, un extraterrestre, un político con ambición desmedida.

Me subí al auto y batallé como cinco minutos para que el código de barras del boleto pudiera ser reconocido por el lector infrarrojo. Por fin salí de aquella dimensión. Sonreí nervioso. Al final no me pasó nada. El cine es espléndido. La comida, igual que en los cines más fresas, es mala. Pero aquí es más barata. Lo único que me causó verdadero horror fue haber soportado quince minutos de publicidad oficial del gobernante en turno por su informe de gobierno. Tanto egocentrismo y desperdicio de recursos públicos sí que me dio miedo.

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