El dominó ucraniano


Por Expertos TEC el 02/03/2022
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 El dominó ucraniano

Foto: Getty Images

Como respuesta a las acciones de Rusia, numerosos países han comenzado a implementar toda una serie de sanciones económicas, que incluyen, entre otros, la congelación de fondos a instituciones financieras rusas, el bloqueo a agencias de noticias rusas (Sputnik y Russia Today) o, más recientemente, una restricción limitada al sistema interbancario SWIFT.

Por Miguel Paradela López, Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno, Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro.
miguel.paradela@tec.mx
Twitter: @LopezParadela

En las últimas semanas hemos asistido a un incremento acelerado de la tensión política en Ucrania, que la semana pasada llevó al reconocimiento de la independencia de las regiones de Donetsk y Lugansk y al despliegue de fuerzas militares rusas en la zona. Pocos días después, Rusia inició un conflicto militar abierto con Ucrania cuando avanzó sobre territorio ucraniano con un movimiento envolvente que se extiende desde Bielorrusia a Crimea y que, al momento de la redacción de este artículo, amenaza con tomar las principales ciudades del país.

Aunque todavía se desconocen los objetivos reales de esta invasión armada –que teóricamente se limitan a proteger a las repúblicas del este de Ucrania y, en palabras de Rusia, “desnazificar Ucrania”–, el conflicto ya puede considerarse como el momento de mayor tensión entre Rusia y la OTAN tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), superando incluso al sucedido en 2014 con la anexión rusa de Crimea y Sebastopol y a la Guerra del Donbáss (que ya suma más de 10 mil muertes).

Desde una órbita geopolítica, Ucrania constituye un punto fundamental para los intereses de Rusia, ya que forma parte de las exrepúblicas soviéticas sobre las que, desde hace años, busca recuperar la influencia pasada. Además, la particular situación geográfica de Ucrania la convierte en un punto clave en la región, en tanto que, junto con Bielorrusia, son puntos de paso necesarios de los gasoductos que permiten el comercio terrestre de Gas Natural desde Rusia a Europa. De manera adicional, hasta 2014 Ucrania contaba con los puertos de Crimea y Sebastopol, donde Rusia mantenía la Flota del Mar Negro, pieza clave de sus operaciones en Oriente Medio. Sin duda, esto tuvo mucho que ver con la anexión de estos territorios por parte de Rusia durante el cambio de gobierno del Euromaidán, lo que ya en su momento originó una grave crisis política internacional.

Centrados en el conflicto actual, su detonante fue el progresivo acercamiento de Ucrania a la OTAN, iniciado oficialmente en 2008 pero que desde el cambio de gobierno en 2014 parecía haberse acelerado. Sin embargo, como trasfondo internacional subyace el choque entre los esfuerzos de la OTAN para extender su influencia hacia el este de Europa y la oposición de Rusia, que busca recuperar influencia en las repúblicas antiguamente alineadas dentro del Pacto de Varsovia (Repúblicas Bálticas, Polonia, Ucrania y Georgia). De hecho, la reciente amenaza de Rusia a Suecia y Finlandia, alertando de consecuencias políticas y militares frente a una posible entrada en la OTAN, muestra que el conflicto se extiende más allá de esas fronteras y busca restringir cualquier expansión de la OTAN hacia el este de Europa. Bajo esta lógica, el reconocimiento de la independencia de Donetsk y Lugansk y la invasión a Ucrania supone un genuino cuestionamiento a la hegemonía que Estados Unidos ostenta desde la caída de la Unión Soviética y explicita la voluntad rusa de volver a un sistema de equilibrios como el existente durante la Guerra Fría.

Como respuesta a las acciones de Rusia, numerosos países han comenzado a implementar toda una serie de sanciones económicas, que incluyen, entre otros, la congelación de fondos a instituciones financieras rusas, el bloqueo a agencias de noticias rusas (Sputnik y Russia Today) o, más recientemente, una restricción limitada al sistema interbancario SWIFT.

Sin embargo, probablemente la mayor sanción hasta el momento haya venido de la mano de Alemania, que rápidamente suspendió el proceso de aprobación del Nord Stream 2. La paralización de este proyecto implica una importante pérdida para Rusia, tanto por el gasto asumido por la empresa GAZPROM en su construcción, como por los hasta 55 mil millones de metros cúbicos al año que dejará de bombear por él. Este gasoducto, que buscaba proporcionar Gas Natural desde Rusia a Alemania a través del Mar Báltico, había contado con fuerte oposición de Polonia, Ucrania y Estados Unidos. La principal preocupación de los dos primeros países se fundamentaba en el riesgo de que el Nord Stream 2 redujese los envíos a través de sus propios gasoductos, lo que supondría una pérdida de ingresos y una mayor dependencia de Rusia. Por parte de Estados Unidos, el proyecto de gasoducto se interpone en sus pretensiones de incrementar sus exportaciones de Gas Natural Licuado, producto del que se ha convertido en uno de sus principales exportadores. De hecho, este país puede ver beneficiados sus intereses económicos con la actual crisis, en tanto que es probable que los países europeos busquen reducir su dependencia energética de Rusia a través de la adquisición del Gas Natural Licuado estadounidense.

Sin embargo, esta suspensión no puede considerarse como una victoria a los intereses de la OTAN, ya que Europa se encuentra actualmente afectada por una profunda crisis energética, causada por el aumento de la demanda energética y la subsecuente subida de precios. En este sentido, la cancelación del Nord Stream 2 dificulta el aumento en la provisión de Gas Natural por parte de Rusia, complica los planes de transición a energías renovables y acrecienta la amenaza de una restricción a la provisión de Gas Natural desde el Este. Así, las siguientes semanas serán cruciales para evaluar el impacto, ya que cuestiones como la duración del invierno (asociado a un mayor consumo de electricidad), la respuesta rusa a las sanciones o el desarrollo de la acción militar serán fundamentales para determinar la demanda energética de Europa.

En este sentido, puede verse cómo la crisis de Ucrania amenaza con causar un grave perjuicio económico tanto a Rusia como a los países europeos, todo ello sin tomar en cuenta la inconmensurable pérdida en vidas humanas e infraestructuras que pueda derivarse del conflicto –que por ahora se eleva a miles de muertos y a cientos de miles de desplazados. Sin embargo, probablemente la peor amenaza venga del escenario posterior a la crisis ucraniana: la vuelta a un conflicto entre potencias nucleares que compiten abiertamente por la expansión de su influencia geopolítica sobre sus áreas de influencia y agrupan al resto de países en bloques enfrentados entre sí. En este sentido, escenarios similares a los vividos en Siria o Libia –donde potencias militares se enfrentan a través de proxy wars– podrían volver a repetirse, elevando del mismo modo la tensión a conflictos internacionales que hasta el momento continúan latentes.

Con respecto a este posible escenario, la República Popular China (RPC), que ya se encuentra enfrentada a Estados Unidos en la que muchos analistas denominan la Nueva Guerra Fría, está condenada a jugar un rol fundamental. Si bien hasta el momento ha mantenido una postura de segundo nivel y ha apoyado una resolución al conflicto de Ucrania, en ningún momento ha condenado las acciones rusas (absteniéndose frente a la propuesta de condena en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas). Desde una perspectiva económica, es probable que las relaciones sino-rusas tiendan a fortalecerse, dadas las necesidades energéticas crecientes de China y los posibles efectos de las sanciones impuestas desde Occidente a Rusia. Sin embargo, es una incógnita qué efectos pueda tener el actual conflicto en la forma en la que China dirime sus propias controversias. Más concretamente, si sus operaciones en Ucrania tienen éxito y Rusia fortalece su posición internacional, China podría verse tentada a incrementar su presión en los territorios sobre los que mantiene controversias territoriales, especialmente sobre Taiwán, región a la que China considera como suya y sobre la que ya ejerce una presión militar de muy alto nivel.

Por tanto, no nos encontramos únicamente ante una escalada bélica del conflicto entre Rusia y Ucrania, sino ante una posible reconfiguración de las alianzas geopolíticas internacionales y del sistema de equilibrios establecido desde 1991. Por un lado, el agravamiento entre el conflicto entre EEUU (a través de la OTAN) y Rusia evoca a los periodos más tensos de la Guerra Fría y ya polariza y enfrenta a la comunidad internacional. Por otro lado, el recurso directo a la violencia en Ucrania puede influir en que otros países con conflictos geopolíticos abiertos radicalicen sus esfuerzos y provoquen una escalada de violencia. En definitiva, es probable que el conflicto actual entre Rusia y Ucrania pase a ser recordado como el inicio de un cambio geopolítico internacional de mayor polarización y enfrentamiento.

 

 

 

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