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Queretano por adopción. Estudió Derecho en la Universidad Panamericana. Funcionario en los tres órdenes de gobierno. Apasionado de la política, la historia, el béisbol y el fútbol americano.

»Afortunado

El Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” fundado en 1946 es uno de los doce hospitales públicos de alta especialidad en el país



Por: Miguel Parrodi

Fijé la mirada en mi celular y me cercioré que faltaban poco más de cuarenta y cinco minutos para las dos de la tarde, era un buen momento para iniciar la novela histórica “Una columna de fuego” de Ken Follet que mi madre me había regalado el día anterior. Me acomodé en mí ya para entonces familiar reposet y abrí el libro por el prólogo, cuando sentí una sacudida como nunca en mi vida. Me levanté, desconecté el tripie y en compañía de mi esposa intenté dirigirme hacía el muro de seguridad, al cual nos habían sugerido acudir, doce días antes, en caso de que se presentara otro temblor como el del 7 de septiembre. Del marco de mi cuarto, el 323, no pasamos. Frente a mis ojos, a tan solo cinco metros, se desprendían del techo pedazos de concreto y el piso del tercer nivel del Instituto Nacional de Nutrición, se rajaba, abriendo un hueco de varios centímetros.

El 19 de septiembre de 2017 dormí por primera vez en mes y medio en una cama distinta a la de un hospital. Ese día, descansaría en casa de mi tío Gabriel, lugar al que había llegado a las 10 pm, después de un periplo de más de siete horas, iniciado como consecuencia a mi desalojo por razones de seguridad del Instituto de Nutrición. Al salir del hospital, mi esposa y yo caminamos por largo tiempo, sin que ningún taxi ejecutivo o tradicional nos quisiera levantar, la ciudad era un caos, y más en la zona en la que nos encontrábamos, Tlalpan. Afortunadamente, encontramos un hotel, que aun a pesar de carecer de luz, nos brindó temporalmente un merecido descanso. Horas después de forma venturosa, Gabriel se presentaba en el lobby del hotel y nos trasladaba a su casa. Terminaba para nosotros, uno de los días más complicados de nuestra existencia, pero también, de los más afortunados, nos encontrábamos con vida.

Al día siguiente, regresé al Instituto Nacional de Nutrición, para continuar con mi tratamiento, aunque en esta ocasión compartiría espacio con otros treinta pacientes. Frente a ellos, algunos enfermos terminales o desahuciados, me sentía afortunado, mi única situación era la alimentación parenteral, aquélla que ante mis problemas intestinales, llevaba nutriéndome desde inicios de agosto.

Dos semanas después, el 4 de octubre, una vez que mi cuerpo había tolerado de forma satisfactoria los líquidos y la alimentación sólida, fui dado de alta. Concluía para mí, la etapa más difícil y dolorosa de mi vida, pero también la más aleccionadora y afortunada. Había sobrevivido a dos operaciones intestinales, entre ellas a una peritonitis; a un diagnóstico casi cantado de una enfermedad auto-inmune, que después de varios estudios, fue descartada; a una estancia hospitalaria superior a un bimestre y a dos temblores que cimbraron a nuestro país.

Tuve la fortuna de ser atendido por grandes especialistas médicos, primero en la ciudad de Querétaro por el Dr. Tonatiuh Moreno y su equipo, y posteriormente en la Ciudad de México en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” fundado en 1946 y uno de los doce hospitales públicos de alta especialidad en el país.
El 2017 acaba de concluir y con él se va el año que marcará el resto de mi vida.

Fue un periodo muy doloroso, crisis que se alargaban y parecían no tener fin; momentos en los que el único anhelo era que el dolor físico remitiera; noticias buenas que no llegaban; llamadas por “face time” con mis hijos, ante la imposibilidad de verlos personalmente; pesar al cerciorarme del sufrimiento que mi condición provocaba a mis familiares y seres queridos.

También fue una etapa de mucha fortuna, de reencuentros con personas a las que estimo; de pláticas con mis padres en los que rememoré grandes acontecimientos familiares; de reconciliaciones que parecían imposibles; de crecimiento matrimonial y personal.

El año que concluyó me situó en la realidad, recordó que mi existencia es finita y que el solo hecho de vivir un día más, me convierte en un ser afortunado. Aprendí que no obstante las dificultades que enfrente, el estar vivo me hace dichoso; volví a maravillarme por los pequeños y grandes regalos de la naturaleza y de la vida; pero sobre todo me emocioné al verme querido por una cantidad y calidad de personas, que nunca imaginé.

Gracias a mis hijos, fueron el motivo para luchar día con día.

Gracias a mi esposa, el que hoy pueda escribir estas líneas, se lo debo a su cariño, fortaleza y acompañamiento.

Gracias a mis padres, por recordarme lo afortunado que soy de contar con ellos.

Gracias a mis hermanas, por estar siempre presentes.

Gracias a los doctores Tonatiuh Moreno, Miguel Ángel Galindo, Álvaro Montañez y Edgar Granados, por su profesionalismo

Gracias a Pancho Domínguez, Luis Bernardo Nava, Alfredo Gobera, José de la Garza, Isaac Jiménez, Héctor Bravo y todos mis amigos de Gobierno del Estado y de la Legislatura, su apoyo fue invaluable.

Gracias a mis suegros y cuñados.

Gracias a mis tías, tíos, primas, primos, sobrinas y sobrinos.

Gracias a mis amigas y amigos, en especial a mi compadre, quien hizo más tolerable mi estancia hospitalaria.

Gracias a todas las personas que me apoyaron, acompañaron o se ocuparon de mí.

Gracias al 2017, sus enseñanzas me han hecho un mejor ser humano y sus golpes me han preparado para el presente y el futuro.