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»Chairos y fifís

Que un empresario haya llevado a sus empleados para sostenerle la pancarta, como se aprecia en un video viral, no habla sino de la desconexión radical que existe entre las clases más favorecidas y el mexicano común, ese que hoy ratifica a Obrador



Por: Staff Códice Informativo
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Foto: Twitter @CitlaHM

El pasado domingo cinco de mayo, aniversario de la Batalla de Puebla, un grupo de ciudadanos se manifestó en varias ciudades del país contra el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Le reclamaban, entre otras cosas, su presunta tendencia al autoritarismo, la cancelación del Aeropuerto de Texcoco y la polarización del país en la que supuestamente incurriría al llamar a sus adversarios “fifís”.

Esa palabra, que no es invento del presidente, forma parte del argot capitalino y se ha utilizado desde el porfiriato para designar a personas de clase alta. Quienes la objetan, señalan que es una herramienta para dividir a la sociedad y que Obrador la utiliza como herramienta para denigrar y deshumanizar a sus opositores.

El miedo de cierto grupo social a ser construído como alteridad por el mandatario es algo completamente comprensible. Gobernantes de todo tipo han satanizado a grupos percibidos como peligrosos, culminando en verdaderas cazas de brujas y baños sanguinolientos, cuando no hornos crematorios. No obstante, es pertinente preguntarnos si esta “polarización” y cosificación de grupos sociales en nuestro país es tan nueva como parecieran sugerir los manifestantes del domingo.

Antes de que el actual jefe de estado pusiera de moda el término “fifí“, había otra palabra que se utilizaba para escarmentar a los opositores. El término “chairo“, aún sin la legitimación oficial de un gobernante, era usado por los defensores de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto para denostar, no solo a simpatizantes de AMLO, sino a cualquier persona que mostrara el menor ápice de oposición o ideas de “izquierda“.

Memes, chistes y comentarios irónicos, escarmentaban en todo momento a los “chairos“, a quienes se les representaba como personas ingenuas, incapaces de funcionar en un orden productivo. Los que hoy rechazan ser llamados “fifís“, tienen razón cuando aseguran que ningún expresidente llamó “chairo” a nadie, pero esto no significa en absoluto que los gobiernos anteriores no tuvieran intereses de clase o que gobernaran “para todos los mexicanos“.

A quienes hoy presumen de la manifestación del domingo como un hecho “civilizado“, se les olvida que sus condiciones materiales están lejísimos de, por ejemplo, las de los padres y madres de Ayotzinapa. Que el presidente te diga “fifí” no se compara a no saber dónde está el cuerpo de tu hijo. Ser “civilizado” es fácil cuando se desayuna bien, se tiene representación en los medios y, en términos generales, uno es el símbolo de la respetabilidad.

También olvidan, quienes presumen de su “civilización” y buena ciudadanía, que en la manifestación no hubo un solo tanque ni un solo granadero y que, incluso, el mandatario la señaló como un hecho indispensable para la democracia. Quienes se manifestaron en 2006, por ejemplo, o en 2012, nunca contaron con este respeto por parte de las autoridades.

Dicen que Obrador promueve la división social, pero la división social siempre estuvo ahí. Con la misma condescendencia con la que mandan a sus hijos de misiones durante Semana Santa, empresarios y figuras poderosas señalan hoy que “solo los tontos votaron por Obrador” o que “el socialismo es para los mediocres“.

Independientemente de si el gobierno actual es socialista o no (autoritario puede ser, pero está bastante lejos de ser socialista), este tipo de expresiones son preocupantes porque hablan de la incapacidad de un amplio sector de la población para comprender por qué el gobierno, con todas sus deficiencias, desplantes y autoritarismo, tiene un índice de aprobación que ningún mandatario tenía desde la más remota hegemonía del viejo PRI.

Que un empresario haya llevado a sus empleados para sostenerle la pancarta, como se aprecia en un video viralizado en redes, no habla sino de la desconexión radical que existe entre el empresariado y el mexicano común. Los gobiernos anteriores pudieron ser demócratas en el discurso, pero en la práctica, y sobre todo para los sectores empobrecidos, eran quizá igual de autoritarios que el que corre.

La oposición siempre es necesaria y Obrador tiene muchas oposiciones. La que menos razones tiene para temer es, paradójicamente, la que se manifestó el domingo. La tarea que hoy tienen los sectores más aventajados, es cuestionarse qué tanto han contribuido con sus actitudes e ideología para que hoy, un amplio sector de la población se deje arrastrar por consignas populistas.

Sin duda, hay cosas en Obrador que dan escalofríos, empezando por su manía de anunciar políticas públicas en “conferencias mañaneras”, siguiendo por su obsesión con consolidar una guardia nacional y con sus consultas “a modo”, sobre todo en zonas con población indígena. El hecho es que estas cosas nos las habríamos podido evitar si los gobiernos anteriores hubieran sido fieles a la democracia que proclamaban de labios para afuera y se hubieran abstenido de prácticas como la corrupición generalizada en el sexenio de Peña Nieto.

Si las cámaras empresariales hubieran mostrado además, el mismo tono crítico con esas administraciones, quizá estaríamos también en otro lugar. Por hoy, lo que tenemos es una sociedad desconfiada a la que poco ayudamos publicando columnas para “renunciar” funcionarios apócrifamente o tratando de ignorantes, bárbaros e incivilizados, a quienes viven en condiciones de marginalidad; mucho menos repitiendo discursos de odio y simplistamente meritocráticos como los de Gloria Álvarez y otros apologetas del capitalismo salvaje.

Las propias élites nacionales han cavado y siguen cavando su tumba. Aún pueden evitarlo, si se detienen durante unos minutos a reflexionar y comprenden que AMLO no creó ninguna división, solo supo capitalizar, quizá de manera egoísta y megalomaníaca, una que ya estaba ahí y que habían generado los mismos que hoy son llamados “fifís“.