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»Notre Dame, la bomba política

¿Resistirá la ultraderecha francesa la trentación de buscar culpables en el fatídico incendio de la catedral?



Por: Staff Códice Informativo
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Foto: AFP

Ayer, lunes 15 de abril -lunes santo- el mundo entró en conmoción tras presenciar, con horror, el desprendimiento en medio de las llamas, de la aguja central de Nuestra Señora de París. Dicha catedral, que data del siglo XII, constituye un símbolo no solo de Francia sino de Europa como realidad cultural y del cristianismo como religión.

Levantada a lo largo de tres siglos en lo que se considera una de las manifestaciones más puras y armónicas del estilo gótico francés, la catedral era, hasta el incendio que la amenazó de manera inaudita y provocó el derrumbe de una parte de su techo, el monumento más visitado de Europa.

El fuego que devoró los tejados estaba presente en el inconsciente colectivo de los europeos por lo menos desde el siglo XVIII. Novelas como Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo, o pinturas como La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, mostraban ya a la catedral como escenario de batallas y encuentros violentos que no necesariamente terminaban bien para el inmueble.

La furia revolucionaria francesa en 1790 y la radicalizada Comuna de París, que tomó la ciudad ochenta años después, la tuvieron siempre en la mira para demolerla por considerarla un símbolo de los privilegios de la burguesía y una reminiscencia del pasado feudal de los franceses.

Los revolucionarios, que no se tentaron el corazón, por ejemplo, con la Abadía de Cluny, desistieron al final de sus planes contra Notre Dame y la convirtieron en un templo para la Diosa Razón. La liturgia de la razón incluía una procesión en la que una mujer, vestida a la usanza griega, era entronizada en el viejo altar de la catedral y venerada por una agrupación de filósofos, políticos y revolucionarios.

Estos excesos se redujeron durante el reinado de Napoleón, quien arregló cuentas con la Iglesia y se terminaron por completo con la restauración de la monarquía. La catedral volvió a celebrar el culto católico y la Diosa Razón quedó como un vestigio del pasado.

Por desgracia, las amenzas para el templo no terminaron ahí. En 1871, una agrupación de obreros y estudiantes se hizo con el control de la ciudad, poniendo en jaque al gobierno, a la burguesía y a las fuerzas armadas. Durante tres meses, los “comuneros”, como eran conocidos por el pueblo, gobernaron practicamente toda la ciudad e intentaron construir una sociedad sin clases.

Un elemento clave para conseguir este propósito igualitario, era reducir el papel de la religión, si no es que eliminarlo de la esfera pública. Herederos del ímpetu revolucionario, los comuneros creían que la Iglesia era causa de atraso y una aliada de las clases dominantes cuyo papel se centraba en el embrutecimiento de las masas.

Por esta razón, ordenaron la suspensión del culto en todos los templos y la transformación de los mismos en espacios para el uso popular. Como cereza del pastel, los comuneros consideraron destruir Notre Dame, pero ésta logró salvarse cuando las autoridades reprimieron a la Comuna y retomaron el control de la ciudad dejando miles de muertos como represalia.

En adelante, las amenazas que enfrentó uno de los más célebres templos de la cristiandad vinieron ya no del pueblo llano, sino de la planificación urbana y de la guerra. La iglesia sobrevivió al soberbio plan del Barón Haussmann para remodelar el centro de París y transformar la vieja ciudad medieval en una urbe cosmopolita.

Más adelante, resistió los ataques alemanes durante las dos guerras mundiales, suerte que no compartieron otras grandes catedrales como la de Reims, o la de Amiens. La primera, célebre por ser el lugar de coronación de los reyes, tuvo que ser prácticamente reconstruída tras sufrir el alcance de las bombas.

Así, la catedral de París resistió a la devastación del tiempo hasta el fatídico 15 de abril. Un incendio, de causa desconocida, se ensañó con el tejado y provocó el desplome de la aguja, que cayó sobre la nave central causando temor a las autoridades francesas.

Hasta ahora, la causa oficial del siniestro es un accidente por las labores de mantenimiento. El problema, es que no es la primera iglesia que arde en circunstancias similares. Unas semanas atrás, se registró otro incendio grave en la también parisina iglesia de San Sulpicio.

Al igual que en el caso de Notre Dame, en San Sulpicio no hubo pérdidas humanas y los turistas que la visitaban pudieron ser evacuados sin problema. Pero la cosa no termina aquí: muchos pasquines sensacionalistas, sobre todo de extrema derecha, han señalado que por lo menos una decena de iglesias se han encendido “misteriosamente” en llamas desde que arrancó el 2019.

Francia, al igual que buena parte del mundo occidental, enfrenta ahora una crisis política en la que posiciones consideradas extremistas hace diez años, han ganado aceptación y terreno entre la opinión pública. Una de estas posiciones es la presentada por Marine Le Pen, líder del ultraderechista Front National, y principal instigadora de la desconfianza hacia la población inmigrante, cuyo número se incrementa cada vez más en el país galo.

Estos migrantes, que en su mayoría profesan el credo musulmán, provienen de las excolonias francesas y en no pocos casos, albergan resentimiento por el trato que han recibido de la metrópoli, que ha ido desde segregación domiciliaria, hasta discriminación laboral, llegando hasta las detenciones arbitrarias y torturas en el contexto de la guerra contra Argelia.

La década que corre no ha estado exenta de manifestaciones ese resentimiento y choque cultural, como podemos constatarlo en la agresión al Teatro Bataclán o en el multihomicidio de la revista Charlie Hebdo. Aunque la causa oficial del incendio siga siendo accidental, el número de iglesias incendiadas difícilmente pasará desapercibido para la derecha francesa, que buscará, sin duda, un chivo expiatorio entre la población musulmana.

Los franceses tienen además antecedentes dentro de su propia historia de lo que puede ocurrir cuando a la imaginación reaccionaria se le permite imaginar complots urdidos por minorías. El ejemplo más claro es el caso Dreyfus, donde un oficial judío fue injustamente condenado bajo una presunta sospecha de traición

Un ataque a Notre Dame es una declaración de guerra. Hasta ahora, no hay indicios de tal ataque y el gobierno de Macron ha gestionado bien la situación prometiendo una restauración completa que ya recaudó cifras millonarias. Claro que, esto es posible porque los daños no fueron tan graves como se preveía originalmente ¿Bastará esto para contener la bomba política en la que se puede convertir Notre Dame? Solo el tiempo, guardián de esa iglesia durante ocho siglos, nos lo dirá.