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»La “horda” que espera Donald Trump



Por: Staff Códice Informativo
Caravana de migrantes retoma su marcha hacia Estados Unidos de forma dispersa

Foto: EFE/Hilda Ríos

En su novela El desierto de los tártaros, el escritor italiano Dino Buzzati describe a un centinela militar cuyo único deseo es que llegue una invasión. Mientras sus amigos se casan, disfrutan y hacen sus vidas, el militar se queda sobre su torre para esperar a unos tártaros que nunca aparecen. Ese mismo deseo de invasión, esa obsesión con la “horda”, podríamos hallarla en el siglo XXI en el equivalente fronterizo del centinela de Buzzati.

Imaginen esta escena: hay un guardia nacional, muy probablemente rubio, que en algún punto de Texas o de California, mientras escupe hacia el suelo como le gustaría que hubieran hecho sus antepasados cowboys, espera a su propio grupo de tártaros. A diferencia del soldado de Buzzati, nuestro guardia fronterizo no está solo. Lo acompañan decenas de miles más enviados por el César posmoderno Donald Trump para “proteger” su territorio de los hunos. Pero, ¿quiénes son esos hunos o tártaros del siglo XXI, que tanta preocupación y angustia generan en el señor Trump? ¿Qué quieren?

Las fotografías de la caravana migrante centroamericana hablan por sí solas. En ellas hay niños, mujeres, ancianos… todos huyen de dos enemigos comunes que se han cebado con sus países de origen, convirtiéndose en los auténticos tártaros de esta historia. El primer enemigo es el hambre. La mayoría de los países del Triángulo Norte de Centroamérica, que incluye prácticamente a toda la región salvo Costa Rica y Panamá, son tremendamente pobres. También tienen índices de desigualdad que, en el caso de Guatemala, un país donde más de la mitad de la población es indígena, albergan además un fuerte componente racial.

El segundo enemigo al que deben hacer frente al emigrar es la violencia. Los mexicanos tendemos a pensar que nuestro país es violento y eso es verdad, pero también es un hecho que esa violencia no está tan uniformemente distribuida ni generalizada como sucede en Honduras, por ejemplo, donde está “la ciudad más violenta del mundo”, San Pedro Sula. Llamada “la Juárez del sur” por la combinación que hay ahí entre industrialización y violencia, San Pedro Sula tiene de hecho peores índices de homicidio per cápita que la ciudad chihuahuense. La única ciudad mexicana que más o menos roza esos niveles es Acapulco, pero no consigue ganarle a San Pedro.

Esta violencia, que también es común en El Salvador, tiene como víctimas principales a las mujeres, los niños y las personas LGBT. En El Salvador, por ejemplo, son conocidas las historias sobre pandillas que reclutan niños de 10 años y los amenazan con matarlos a ellos o algún familiar si no se unen al grupo. También son célebres los relatos de grupos que cobran derecho de piso en cada barrio popular de ciudades como San Salvador o Santa Ana. Es un feudalismo salvaje y antinstitucional basado en la más abyecta manifestación de la ley del más fuerte.

Esta situación ha llevado a la gente a emigrar, principalmente a Estados Unidos. Para llegar a ese país, los centroamericanos están dispuestos a hacer lo que sea necesario, incluso arriesgar sus vidas atravesando un territorio tan duro como el mexicano.

En esta ocasión, los migrantes no solo permanecieron en grandes grupos sino que además dieron a conocer su itinerario. El objetivo es llegar como caravana hasta la zona fronteriza con California, donde los esperan los centinelas buzzatianos.

La frontera de México ya la bordearon. Los territorios de cárteles, como Veracruz, donde el crimen extorsiona y consigue mano de obra esclava, ya los cruzaron. El gran reto ahora es el gobierno estadounidense. El mexicano, que normalmente los trata como criminales, ya les ha ofrecido albergues y cobijas. Les han dado de comer y brindado atención médica gratuita. ¿Qué sucede? Muy simple, esta vez hay cobertura mediática.

La justificación de la postura de Donald Trump en este sentido, es ambigua. El republicano dice que quiere deportar a los indocumentados, que habrá mano dura y que se impondrá el peso de la ley. Todo esto son eufemismos para decir que, si por él fuera, aplicaría la fuerza. La ambigüedad de su postura está más bien en las razones en las que fundamenta ese uso de la fuerza.

Para Trump y para los racistas de todo cuño que pueblan este y otros continentes cruzados por la migración, los migrantes son inferiores porque son pobres y tienen enfermedades y criminalidad y toda esa cantaleta que ya conocemos, pero también son una amenaza porque son muchos y como son muchos, hay que detenerlos antes de que nos detengan a nosotros. Así se activa el fascismo; así se activó la Alemania Nazi.

La posibilidad de agredir a los migrantes, cuya cercanía con la frontera es cada día menor, podría desencadenar para Trump consecuencias muy peligrosas. Por ejemplo, podría pedir a la Guardia Nacional que mate a cinco o seis de los migrantes para disuadir a otros. O podría ordenar un aún más desastroso ataque generalizado. Su afirmación en días recientes respecto al permiso que los policías tenían para agredir si eran atacados, ahonda en este sentido. La mentalidad de Trump es la del centinela . Desea a los migrantes porque necesita un otro de qué defenderse. Lo que Trump espera es una horda y la atacará si cree que lo necesita.

En este sentido es importante aclarar que la opinión internacional y el acceso universal a herramientas como las redes sociales harán muy difícil que Trump salga impune si decide actuar con agresividad. Podría quedar como un genocida. El problema es que no sabemos qué tanto eso le quita el sueño y qué tan probable es que todos los líderes de opinión condenen un gesto así, como se supone deberían hacer en una sociedad democrática y plural. El de Trump se ha caracterizado justamente por ser un régimen de anormalidades y esas anormalidades le han redituado muy bien. De modo que un ataque en la frontera con niños, ancianos, familias completas que dejaron sus comunidades atrás por el hambre y por la violencia, es evidentemente una anormalidad y algo que podría ocurrir. Estados Unidos mata mucho en masa pero nunca en sus fronteras. Ese sería un punto crítico, un acontecimiento en todo el sentido de la palabra en tanto marcaría un antes y un después de esa región. El problema es ¿qué pasa después?

Las sociedades modernas, con sus sistemas de la vigilancia y el castigo, no operan bien aquí. Aquí es el salvaje oeste, el operativo es el espectáculo y el espectáculo tiene a su vez dos posibles desenlaces: en primer lugar, que Trump sea abucheado por todos los flancos incluyendo a algunos de sus antiguos admiradores. Muchos entre la derecha conservadora cristiana harían eso en un escenario de tragedia como el que se describe arriba. Pero, ¿qué pasa si no es suficiente, si a pesar de todo eso, Trump se mantiene y agrede a la caravana para después recibir ovaciones?

En resumen, éste sería el peor escenario: Trump ataca inocentes, el populacho le aplaude y las élites también. La ONU y los órganos internacionales quedan más debilitados y prevalece la autocracia. La República Romana agonizó hasta el 27 A.C cuando subió al poder Octavio Augusto como primer César imperial. ¿Qué pasará con la República Americana?